“Tu hija no está enferma… fue tu prometida quien le rapó la cabeza”, dijo el niño de la calle Don Ernesto Salgado empujaba la silla de ruedas de su hija por los senderos del Bosque de Chapultepec. El crujir de las hojas secas bajo las ruedas parecía más fuerte de lo normal… o tal vez era el silencio entre ellos lo que hacía que todo doliera más.

PARTE 3
Mateo apretó los puños.
Valeria temblaba.
—¿Y después? —preguntó Ernesto.
Lucía sonrió… una sonrisa que no tenía nada de humano.
—Después… milagro.
Tu hija se “recupera”.
Tú me agradeces toda la vida.
Y cuando ya no me sirves… me voy con la mitad de todo.
El aire se volvió pesado.
Asfixiante.
—¿Cuántas veces? —preguntó Ernesto.
Lucía dudó.
—Tres…
—¿Y los niños?
Silencio.
Un silencio… culpable.
—Uno… no sobrevivió.
Valeria rompió en llanto.
Mateo cerró los ojos con rabia.
Ernesto sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.
—Eres un monstruo…
Lucía empezó a llorar.
Pero ya no servía de nada.
—Yo… solo quería dinero… una vida mejor…
—¿A costa de matar niños? —dijo Mateo, con una voz sorprendentemente firme—. Yo vivo en la calle… y nunca he hecho algo así.
Eso… la destruyó.
Completamente.
Minutos después…
La policía llegó.
Esta vez… Ernesto no dudó.
No hubo negociación.
No hubo perdón inmediato.
—Hay cosas que no se pueden reparar —dijo, firme—. Y lo que hiciste… no merece silencio.
Lucía fue arrestada.
Sin elegancia.
Sin poder.
Sin máscaras.