—Deja de lloriquea —me gritó—. Haz la maleta y vete.
Sentí que se me escapaba un sollozo mientras intentaba sostener a mi hija y no caerme. Mi padre suspiró, molesto, como si yo estuviera causando un problema innecesario.
—Sáquenla de aquí —murmuró—. Me está poniendo nervioso.
Sophie llegó unos minutos después con su carrito, una bolsa enorme y esa media sonrisa suya de siempre. Miró mi cara pálida, mi ropa arrugada, la maleta abierta junto a la puerta y soltó:
—Por fin voy a tener la habitación para mí sola, sin tanto drama.
No recuerdo bien cómo bajé las escaleras. Solo sé que Élise lloraba, que yo veía borroso por las lágrimas y que el aire frío de la calle me golpeó en cuanto crucé la verja, con una mano en el abdomen y la otra sosteniendo el cuco.
Entonces apareció el coche de Julien doblando la esquina. Frenó en seco al verme en la acera: pálida, despeinada, temblando. Bajó del vehículo, dejó la bolsa de la farmacia en el asiento y miró primero mis manos, luego mi cabello desordenado y después las manchas de sangre que empezaban a verse bajo la tela de mi ropa.
Solo le dije una frase:
—Me han echado.
Julien levantó la vista hacia mis padres y mi hermana, que seguían en la entrada. No gritó. No hizo aspavientos. Abrió la guantera, sacó una carpeta azul y su teléfono, y entonces habló con una calma tan fría que incluso mi madre retrocedió un paso.
—Nadie se mueva —dijo—. Acaban de arruinar su propia vida.
- Mi madre creyó que podía imponer su voluntad sin consecuencias.
- Mi padre prefirió mirar hacia otro lado.
- Mi hermana pensó que por fin había ganado una habitación.
Pero la carpeta azul que llevaba Julien no era una simple carpeta. Y en ese instante entendí que lo que parecía una humillación más había desencadenado algo mucho más grande, algo que ya no se podía detener.
Al final, aquella tarde cambió todo: nuestra familia, nuestras prioridades y la forma en que cada uno tendría que responder por sus actos.