Él dio un paso atrás.
—No quiero tu dinero.
—No seas orgulloso.
—No es orgullo —dijo por fin, mirándome con esos ojos cafés hundidos—. Es lo único que me queda.
Esa frase me hizo más daño que su ropa sucia, porque en un segundo entendí que el hombre frente a mí no estaba derrotado del todo, pero sí estaba viviendo sobre el filo exacto donde se pierde el nombre.
Le rogué que subiera a la camioneta.
Dijo que ensuciaría los asientos.
Dijo que mi nuevo marido quizá no aprobaría que recogiera exesposos de la calle.
Le respondí sin pensar que la camioneta era mía y que mi marido no mandaba sobre mi conciencia, aunque en el fondo ni siquiera yo estaba segura de cuánto mandaba todavía.