—¿Roberto? ¿Eres tú… el que está recogiendo latas en la calle?
La pregunta se me rompió en la garganta mientras detenía la camioneta a media avenida Cuauhtémoc y sentía que el ruido del tráfico se alejaba, como si el mundo hubiera decidido dejarme sola con esa imagen.
Él estaba encorvado bajo el sol de mediodía, con una bolsa negra al hombro, la barba desordenada, la camiseta percudida y las manos sucias de metal, polvo y derrota.
Con el pie aplastaba una lata de refresco como si le estuviera sacando el último suspiro a algo que una vez tuvo valor, y yo no podía reconciliar esa escena con el hombre que había amado.

Roberto había sido profesor de historia en una secundaria privada de Coyoacán, el favorito de los alumnos, el hombre que citaba a Rulfo y a León-Portilla como si hablara de viejos amigos.
Era el tipo de hombre que planchaba sus camisas el domingo por la noche, que lustraba sus zapatos con paciencia y que corregía exámenes con una concentración casi tierna que a mí siempre me desesperaba.
Yo había estado casada con él ocho años y divorciada casi cinco, y aun así, cuando levantó la mirada y me reconoció, sentí que la vida entera me jalaba hacia atrás con una violencia insoportable.
No sonrió.
No me llamó por mi nombre.
No hizo esa media mueca que siempre aparecía antes de una broma.
Se asustó.
Apretó el costal contra el pecho, giró el cuerpo y echó a andar hacia una calle lateral, como si yo no fuera una mujer del pasado, sino una inspectora enviada para revisar su ruina.
—¡Roberto, espera!
Bajé de la camioneta con los tacones chocando contra la banqueta caliente y corrí entre un puesto de revistas, una señora con flores y un niño que cargaba chicles como si nada extraordinario estuviera pasando.
Lo alcancé antes de que doblara la esquina y, al tenerlo de cerca, me golpeó el olor a sol, sudor viejo y jabón barato, un olor de supervivencia que me partió el corazón.
—Déjame, Mariana —murmuró sin mirarme—. No tienes por qué verme así.
—¿Qué te pasó?
—Nada que te sirva saber.
—¿Dónde vives?
Se quedó callado unos segundos, apretó la mandíbula y al final respondió con la vergüenza de un hombre que odia más la compasión que el hambre.
—En un albergue por la Merced.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas antes de poder impedirlo, porque la última vez que vi a Roberto, llevaba saco gris, reloj limpio y una dignidad tan recta que parecía imposible doblarla.
Metí la mano en mi bolso, saqué varios billetes y se los tendí con una urgencia desesperada, como si el dinero pudiera cubrir de golpe todos los años que no supe de él.
—Toma. Vamos a un hotel. Te compro ropa. Algo caliente. Lo que necesites.