PARTE 2
La administración llegó primero. Luego subieron dos policías. Yo seguía en el pasillo con Mateo en brazos, temblando de dolor y de coraje. Rodrigo intentó hacerse el ofendido, como si todo fuera “un pleito de pareja”. Doña Leticia, en cambio, se puso en modo víctima de inmediato: que yo quería matarla del susto, que una mujer recién parida no debía comportarse así, que estaba destruyendo a la familia.
Pero los documentos no lloran ni mienten.
Les enseñé mi identificación, las escrituras y hasta las facturas de varios muebles. Cuando el policía le preguntó a Rodrigo si tenía algún papel que acreditara la propiedad, se quedó callado. Entonces entendió que la obra de teatro se les había caído. Esa misma noche levantaron un acta, llegó un cerrajero y la chapa se cambió delante de todos. Doña Leticia todavía tuvo el descaro de querer llevarse la tele de la sala diciendo que “también había dinero de su hijo ahí”. Le enseñé la factura en mi celular y la tuve que ver tragarse el orgullo como quien se traga un hueso.
Don Manuel, mi suegro, apareció hasta el final en el pasillo. No defendió a nadie, pero me miró con una tristeza que nunca se me va a olvidar. Fue el único de esa familia al que le dio vergüenza lo que estaba pasando.
Al día siguiente, mis papás llegaron por mí. Mi mamá me llevó a su casa con caldo de pollo y mi papá no dijo mucho, pero me acomodó las maletas como si me estuviera recogiendo del infierno. Yo necesitaba reposo, sí, pero también necesitaba claridad. Así que al tercer día, cuando ya podía sentarme sin sentir que me partían en dos, abrí la vieja tablet que habíamos dejado en el departamento y empecé a ordenar todo.
Ahí fue cuando la historia dejó de ser cruel y se volvió asquerosa.
Porque además de las capturas del acta y los mensajes de insultos de Rodrigo y su mamá, encontré correos de entregas: perfume caro, una bolsa, unos tacones, cenas en Polanco, todo a nombre de una mujer llamada Ximena Salgado. Y una vecina del condominio, sin saber nada, me soltó la bomba por teléfono:
—Oye, pensé que ya te habías separado, porque una muchacha pelirroja estuvo entrando a tu depa mientras estabas internada.
Sentí que se me secó la boca.
Esa noche, con el corazón latiéndome en la garganta, revisé una conversación que Rodrigo había dejado sincronizada en la tablet. Ahí estaba todo. Mensajes con Ximena. Mensajes con su propia madre. Una frase me dejó helada: “En cuanto Alma se vaya con el bebé, ya te puedes quedar aquí. Mi mamá me está ayudando.”
No era la presión alta. No era el llanto del niño. No era una suegra delicada.
Me habían sacado de mi casa para meter a otra mujer.
A la mañana siguiente llamé a una abogada y a una asesora inmobiliaria. Y cuando Rodrigo se enteró de que estaba por vender el departamento, me gritó por teléfono como si el traidor fuera yo.
Pero eso no era nada.
Porque lo que encontré después en esa pantalla iba a romperles la cara por completo.