PARTE 2
Cuando escuchó que yo estaba llamando a la policía, Teresa dejó de fingir elegancia y mostró lo que de verdad era.
—Haz tu escándalo —me soltó con una sonrisa torcida—. A ver si también les cuentas que ese marido tuyo lleva meses manteniéndome a mí porque tú nunca estás en casa.
Rodrigo no la calló.
Eso fue lo peor.
Yo seguía parada en el pasillo, con el dolor del abdomen atravesándome como cuchillo, sosteniendo a mi hija y tratando de no desmoronarme. Dos vecinas ya habían abierto sus puertas para mirar. La humillación era pública, pero lo que me sostuvo fue otra cosa: la rabia.
Llegó primero el guardia del edificio y luego dos policías municipales. Les mostré mi identificación, las escrituras digitales en mi celular y el contrato del sistema de seguridad que estaba a mi nombre. El guardia confirmó que la chapa había sido reconfigurada esa misma mañana.
—¿Usted autorizó el cambio, señora? —me preguntó uno de los oficiales.
—No —respondí—. Yo estaba hospitalizada.
Rodrigo intentó intervenir.
—Es que somos esposos, oficial. Estamos arreglando un problema familiar.
—No —lo interrumpí, sin quitarle los ojos de encima—. Esto no es un problema familiar. Me están impidiendo entrar a una propiedad que es mía.
Vi cómo Teresa fruncía la boca. No le gustó que dijera “mía” tan claro.
Los policías me dejaron pasar. Rodrigo se hizo a un lado por obligación, no por vergüenza. Entré despacio, con miedo de encontrarme un desastre, pero lo que vi fue peor porque estaba hecho con intención.
Mi sala había cambiado por completo. Mis fotografías con Rodrigo habían desaparecido. El sillón donde yo me sentaba a trabajar estaba cubierto con una manta de Teresa. En la cocina había tés, frascos de suplementos y hasta una lista pegada en el refrigerador con reglas escritas a mano:
No ruido después de las 6 pm.
No visitas.
No niños en sala.
No cocinar cosas con olor fuerte.
Mi casa ya no parecía mi casa. Parecía el territorio de esa mujer.
Entré al cuarto principal y sentí un golpe en el pecho.
Mi ropa estaba metida en cajas negras, amontonada junto a la cuna sin armar que habíamos comprado para Camila. Del lado de la cama donde yo dormía, estaban las cosas de Teresa: una crema, su rosario, una bata colgada. Como si la señora hubiera ocupado mi lugar sin el menor pudor.
—¿Qué es todo esto? —pregunté.
Teresa entró detrás de mí.
—Lo que debía pasar desde hace tiempo. Rodrigo necesita una mujer menos fría y una casa menos tensa.
Volteé a verlo.
—¿Eso piensas?
Rodrigo tardó en responder, pero cuando lo hizo, terminó de romper algo que ya no se podía arreglar.
—Desde que te embarazaste solo hablas del trabajo, del departamento, de lo que es tuyo. Mi mamá solo quiere ayudar… contigo nunca se puede.
Quise reírme de lo absurdo, pero lo que me salió fue una sensación de vacío.
Entonces recordé algo. Semanas antes del parto, Rodrigo me había insistido varias veces en “regularizar” la propiedad, en meter su nombre por si nos pasaba algo. Yo me negué. Le dije que después lo veríamos. Se había molestado más de lo normal.
Ahí entendí que esto no era una ocurrencia de Teresa.
Era un plan.
Un plan para sacarme de la casa, instalarla a ella y desgastarme lo suficiente para que yo terminara cediendo.
Pero el verdadero golpe llegó esa misma noche.
Mientras Teresa se encerró en el cuarto a hacerse la víctima y Rodrigo salió supuestamente por comida, yo abrí su laptop porque necesitaba imprimir unos documentos. Y entonces vi un correo abierto. Después otro. Y otro más.
Había mensajes con una notaría, preguntas sobre “cesión entre cónyuges”, borradores de una carta poder y conversaciones con un asesor inmobiliario sobre la posible venta del departamento “una vez resuelta la ocupación”.
Ocupación.
Así le llamaban a mi presencia y a la de mi hija en mi propia casa.
Y como si eso no bastara, encontré mensajes de Rodrigo con su hermana donde decía:
“Si Vale se va con sus papás unos meses, mi mamá ya se queda fija. Luego convencemos a Valeria de vender y repartimos.”
Me temblaron las manos.
No solo me habían corrido recién salida del hospital.
Ya tenían planeado quitarme el departamento.
Guardé capturas, reenvié correos, subí todo a la nube y me juré que no volverían a verme llorar.
Cuando Rodrigo regresó, yo ya sabía más de lo que él imaginaba.
Pero todavía me faltaba descubrir la parte más sucia de toda la traición.
Y eso lo cambiaría todo en la tercera parte.