Tampoco la foto de bodas de mis padres.
Ni aquella imagen donde salimos los cuatro hijos apretados junto a un árbol de mango.
En lugar de todo eso había una foto enorme de Mónica vestida de novia, otra de Federico con traje, y una más de doña Estela sonriendo con un vestido azul eléctrico que parecía gritar desde la pared: “Aquí mando yo”.
—Tu hermano ahorita sale —dijo doña Estela, dejándose caer en el sofá principal—. Anda cansado, pobrecito.
“Pobrecito”, pensé.
El vidrio cayó al suelo y estalló en pedazos.
—¡Viejo torpe! —gritó, señalándole la cara con un dedo cargado de anillos de oro—. ¡Nomás estorbas!
Fue entonces cuando reconocí uno de esos anillos. Un aro grueso, con una piedra roja en medio. Yo misma había enviado dinero el mes anterior para las medicinas de mi padre. “No te preocupes, hija, ya compramos todo”, me dijo mi madre por teléfono. Y ahí estaba la medicina de mi padre: colgando del dedo de esa mujer como si fuera trofeo.
Las lágrimas me nublaron la vista.
No por debilidad.
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