Por furia.
Porque yo había dejado media juventud trabajando como mula en la ciudad. Había tragado desprecios, horarios dobles y jefes que creían que porque una muchacha venía del pueblo no sabía pensar. Había ahorrado peso por peso. Había renunciado a vestidos, vacaciones, novios, descanso. Todo para comprarles a mis padres un refugio donde pudieran envejecer como reyes humildes. Y mientras yo me partía el lomo creyendo que ellos estaban tranquilos, los habían convertido en sirvientes en la casa que yo les regalé.