El cuarto entero pareció inclinarse.
Yo oía su voz, sí, pero el sentido tardó en entrarme. Hija. Seis años. Siete años de matrimonio. Siete años de excusas. Siete años de regalos llevados por él, de visitas sin mí, de llamadas filtradas, de tensión cada vez que el pueblo salía en conversación.
Hija.
Mi esposo tenía una hija.
Y no una hija que yo acabara de descubrir por una aventura reciente, por un error, por un secreto enterrado en el pasado. No. Una niña con cuarto propio, con dibujos en la pared, con una casa donde él se había repartido entre dos vidas como si las personas fuéramos muebles movibles.
—¿Y la mujer? —pregunté.
Doña Lupita cerró los ojos.
—Se llama Teresa.
La forma en que dijo el nombre me hizo entender que lo conocía demasiado bien.
—¿Quién es? —insistí—. Dímelo todo de una vez.
Ella respiró hondo.
—Era la novia de Diego antes de que te conociera.