Y… dos dibujos pegados con cinta en la pared.

Uno mostraba una casa con techo rojo, un sol enorme y tres figuras tomadas de la mano: un hombre, una mujer y una niña. Debajo, con letra infantil, se leía: Papá, mamá y yo.

El otro dibujo era aún peor.

Allí aparecía la misma casa, pero la mujer estaba tachada con crayón negro. A un lado, una niña había dibujado otra figura femenina con vestido azul, y sobre ella escribió una palabra que me dejó helada:

Mamá nueva.

Sentí que las piernas me fallaban.

Había juguetes recientes. Muñecas. Un osito de peluche con una oreja mal cosida. Una pelota pequeña. Sobre una de las camas descansaba una cobija rosa doblada con cuidado. En la otra, una playera de hombre. Y junto a la ventana, encima de una mesita, había una fotografía enmarcada.

La tomé con manos temblorosas.

Diego.

Diego, sonriendo con una naturalidad que yo no le veía desde hacía años.

A su lado, una mujer joven, de cabello oscuro recogido en una trenza.

Y entre ambos, una niña de no más de seis años.

No era una foto vieja. No estaba desteñida. No era un recuerdo perdido de otra vida. Era reciente. Podía verlo en el brillo del papel, en la ropa, en la luz del patio. Era una familia. Una familia montada aquí, en aquella casa, mientras yo llevaba siete años casada con él en otra ciudad, preguntándome por qué siempre cambiaba de tema cuando mencionaba San Miguel de Allende.

—No… —susurré, casi sin voz—. No. No, no, no.

Doña Lupita se quedó en la puerta, con la mirada baja.

—Ojalá me hubiera equivocado contigo —murmuró—. Ojalá él no hubiera terminado haciéndote lo mismo.

Me giré hacia ella con la fotografía todavía en la mano.

—¿Lo mismo? —pregunté—. ¿Qué significa “lo mismo”? ¿Quién es esa mujer? ¿Quién es la niña?

Doña Lupita se acercó despacio, como si cada paso le costara años de silencio acumulado.

—La niña se llama Alma —dijo—. Tiene seis años. Es hija de Diego.