Α las dos de la mañana, sentado en la cocina con una taza de café frío, pensé algo que me dio vergüenza admitir...-ruby

PΑRTE 1

“Si nadie se queda con mis hijas, mañana mismo las llevo al DIF. Yo ya voy a rehacer mi vida.”

Eso dijo Ricardo frente al ataúd de mi hija.

Ni siquiera habían terminado de cubrir la tumba con tierra cuando lo soltó, como si estuviera anunciando que iba a cambiar de trabajo o vender una camioneta vieja.

El sol de Guadalajara caía duro sobre el panteón, las flores empezaban a marchitarse y el café de olla que habían servido en vasos desechables se enfriaba sobre una mesa plegable.

Yo tenía la camisa pegada al cuerpo y el alma hecha pedazos. Mi hija Elena, mi niña, acababa de ser enterrada a los treinta y seis años.

Y lo único que me mantenía de pie eran tres manitas agarradas a mi saco negro.

Valeria, la mayor, tenía doce años y no lloraba. Eso me asustaba más que cualquier grito. Sofía, de nueve, miraba la caja como si esperara que su mamá se levantara en cualquier momento.

Camila, de seis, tenía los ojitos hinchados de tanto llorar en silencio.

Eran mis nietas. Lo último que Elena había dejado en este mundo.

Ricardo estaba impecable. Traje oscuro, zapatos boleados, perfume caro. Sacó el celular, leyó un mensaje, sonrió apenas y lo guardó. Luego se aclaró la garganta.

“Ya que están todos aquí, prefiero decirlo de una vez. Me voy a casar.”

El silencio cayó sobre nosotros como una losa.

Mi hermana se persignó. Una vecina murmuró: “Dios mío”. El padre bajó la mirada.

Yo creí haber escuchado mal.

“¿Qué dijiste?”, le pregunté.

Ricardo me vio como si yo fuera un estorbo.

“Que no pienso quedarme amarrado a una vida que ya se acabó.”

Después señaló con la barbilla a las niñas.

“Usted decide, don Manuel. O se las queda, o las mando a una casa hogar. Mi nueva pareja no tiene por qué cargar con problemas ajenos.”

Sentí que la sangre me subía a la cabeza. Quise golpearlo ahí mismo, frente a la tumba de mi hija. Pero no me moví. Hay corajes que no explotan. Se congelan.

“¿Estás hablando de tus propias hijas?”, le dije.

Él se encogió de hombros.

“Yo nunca pedí quedarme solo con tres niñas.”

Valeria soltó mi saco.

Pensé que iba a llorar. Pero no. La vi mirar a Sofía, luego a Camila. Las tres intercambiaron una mirada extraña, como si hubieran estado esperando que su papá dijera eso delante de todos.

Αhí entendí algo que me heló el cuerpo.

Ellas ya sabían más que yo.

“Se acabó, Ricardo”, le dije.

Él sonrió.

“¿Se acabó qué?”

“Se acabó que vuelvas a hablar así de mis nietas. Desde hoy, ellas se vienen conmigo.”

“No me haga un drama, don Manuel. Hasta me está haciendo un favor.”

Y así, sin una lágrima, sin una despedida, sin preguntar cuándo podría verlas, me entregó a sus hijas como quien entrega una bolsa olvidada.

Esa noche las llevé a mi casa en Zapopan. Les preparé sopa de fideo, les puse sábanas limpias y dejé la luz del pasillo encendida. Sofía se quedó dormida abrazando una blusa de Elena. Camila no soltó mi mano hasta pasada la medianoche. Valeria no durmió.