No tenían absolutamente a dónde ir en toda la ciudad. No tenían dinero, ni casa, ni prestigio falso, ni un gramo de dignidad. Terminaron sentados en una banqueta sucia de un parque público, rodeados de basura, llorando a mares de pura rabia y desesperación total.
“¡Todo es tu maldita culpa por decirme que la encerrara bajo llave! ¡Nos dejaste en la pinche calle, mamá!”, le gritó Mateo a su madre, perdiendo los estribos y llorando como un niño chiquito al ver su falsa vida de millonario destruida.
“¡No me hables así, pendejo! Tú eres un mandilón inútil y cobarde que no supo controlar a su propia mujer, no sirves para nada”, le respondió la anciana escupiendo veneno, demostrando que entre ellos no había amor real, solo puro y asqueroso interés económico.
Pero la pesadilla de los parásitos apenas estaba comenzando a tomar forma. A la mañana siguiente, Fernanda, la abogada de hierro, los encontró en un café de mala muerte donde llevaban 4 horas pidiendo vasos de agua gratis para no ser corridos a la calle.
Fernanda se acercó con una sonrisa depredadora y les aventó 3 pesados sobres legales sobre la mesa pegajosa. El primer sobre era la demanda de divorcio absoluto con pérdida total de todos los derechos conyugales y patrimoniales para Mateo.
El segundo documento era el aviso legal de que la empresa de la que Mateo se decía “Director General” se iba a la quiebra técnica en menos de 48 horas. Valeria era la verdadera dueña del 90 por ciento de las acciones y había retirado el 100 por ciento de su capital de golpe. Él no era más que un simple empleado que ahora estaba completamente desempleado.
El tercer sobre fue el verdadero tiro de gracia. Era 1 demanda penal formal interpuesta ante la Fiscalía General de Justicia contra Mateo, su madre y su hermana por los delitos graves de abandono de persona incapaz, negligencia criminal y tentativa de homicidio.
“Si intentan acercarse a Valeria o a mi ahijado, aunque sea a 1 sola cuadra de distancia, les juro por mi vida que los meto al Reclusorio Norte antes de que puedan parpadear. Tienen exactamente 24 horas para conseguirse un buen abogado, porque lo van a necesitar de urgencia”, sentenció Fernanda, dándose la vuelta triunfante.
El patético imperio de mentiras se derrumbó hasta los cimientos. Doña Consuelo, al verse en la miseria extrema y acosada por la ley penal, sufrió un colapso nervioso severo. Terminó postrada en un catre oxidado de un cuartucho húmedo en Neza, sin que nadie fuera a visitarla jamás en su vida.
Jimena, endeudada hasta el cuello con los bancos internacionales y las boutiques de lujo, tuvo que conseguir un trabajo de doble turno limpiando baños en un centro comercial popular para intentar no ir a la cárcel por evasión y fraude con tarjetas.
Mientras tanto, Mateo, de ser un falso empresario fresa y presumido, terminó trabajando 14 horas diarias como chofer de aplicación móvil, ganando apenas el salario mínimo, envejecido prematuramente y hundido en una profunda depresión de la que nunca iba a salir.
Muy lejos de toda esa miseria tóxica, en un deslumbrante penthouse con vista panorámica a la ciudad, Valeria miraba el atardecer dorado con su pequeño hijo durmiendo plácidamente en sus brazos. Estaba rodeada de paz absoluta, verdadero lujo y un amor incondicional que nunca antes había conocido.
Había perdido a una asquerosa familia de vividores que casi le cuesta la vida, pero en el doloroso proceso había ganado algo infinitamente más valioso: su libertad absoluta, su fuerza inquebrantable y su enorme dignidad restaurada.
La venganza es un plato que se sirve congelado, pero la justicia divina siempre se encarga de que los malditos traidores se atraganten solos con él. A veces, perderlo absolutamente todo es la única forma de darte cuenta de que tú siempre fuiste la verdadera dueña del mundo entero.