Su familia lo abandonó a su suerte; solo quedó una criada, y todo cambió para siempre.

La noche en que la fiebre de don Alejandro Monteverde llegó a cuarenta grados, la hacienda entera decidió que ya estaba muerto.

Afuera, el viento golpeaba los ventanales de la vieja casona como si quisiera arrancarlos. En los pasillos olía a alcohol, a miedo y a veladoras encendidas. Don Alejandro, dueño de medio valle en Jalisco, el hombre que jamás bajaba la voz y al que todos llamaban “patrón” aunque no trabajaran para él, temblaba sobre la cama como un niño perdido.

El doctor Valdivia salió de la habitación con el rostro pálido.

—Es una infección fuerte. Puede ser contagiosa. Si la fiebre no baja antes del amanecer… preparen a la familia.

Doña Beatriz, su esposa, no lloró. Solo apretó los labios.

—Llévenlo al cuarto del fondo. Cierren ese pasillo. No voy a arriesgar a mis hijos.

Sus hijos, Rodrigo y Mateo, tampoco se quedaron. Rodrigo mandó ensillar los caballos antes de que terminara la noche.

—Papá siempre sale de todo —dijo, abrochándose el saco—. Nosotros nos vamos a la casa de campo hasta que pase esto.

Mateo dudó un instante.

—¿Y si pregunta por nosotros?

Rodrigo lo miró con desprecio.

—Entonces que le digan que rezamos por él.

 Para obtener más información,continúa en la página siguiente