En la final, el sol se estaba poniendo. Benedita sangraba y apenas podía mantenerse en pie, pero seguía allí.
Frente a ella estaba Tomás, un hombre enorme, de 2,10 m de altura y 150 kg de peso, hijo de un traficante de personas. Había matado a seis hombres en peleas clandestinas.
Eduarda de Araújo se acercó al cuadrilátero y le preguntó a Benedita si era valiente o estaba loca. Luego añadió que quería contratarla si ganaba.
Benedita escupió sangre al suelo y respondió:
"No estoy en venta."
En la pelea final,
Tomás atacó con una fuerza abrumadora. Cada uno de sus golpes parecía capaz de acabar con la pelea. Benedita esquivó, contraatacó, pero el cansancio ralentizó sus movimientos.
En el tercer asalto, Tomás le propinó un gancho que la hizo tambalearse contra las cuerdas. Cayó al suelo.
La multitud estalló.
Junto al ring, Joaquim gritó:
"¡Levántense! ¡Por Vicente, por su libertad, levántense!"
A través del dolor, Benedita escuchó su voz. Pensó en las cadenas, las cuatro propiedades, los capataces, las noches que pasó atada. Algo dentro de ella se enderezó incluso antes de que su cuerpo pudiera reaccionar.
Ella se levantó.
Tomás avanzó para rematarlo. Benedita esperó hasta el último momento, luego reunió todas las fuerzas que le quedaban y le asestó un golpe ascendente en la barbilla.
Tomás se quedó paralizado, puso los ojos en blanco y luego se desplomó como una montaña.
La multitud permaneció en silencio, antes de estallar en gritos, aplausos y asombro.
Tras haber ganado su libertad,
Joaquim subió al ring y abrazó a Benedita. Ella apenas podía mantenerse en pie.
Eduarda regresó con una bolsa de cuero. Le dio los 100 contos a Joaquim. Él los contó y enseguida le dio la mitad a Benedita.
Esa era su parte, tal como lo había prometido.
Al día siguiente, Joaquim debía firmar su carta de manumisión en el cartório. Benedita estaba a punto de ser libre.
Ella le preguntó por qué había hecho eso.
Joaquim simplemente respondió que ella merecía una oportunidad y que él también la había necesitado. Se habían salvado mutuamente.
¿Qué hizo con su libertad?
Tres meses después, Benedita se marchó de Vassouras con 50 contos, ropa nueva y una carta de emancipación firmada. Joaquim pagó su deuda y renovó su quinta.
Nunca volvieron a verse.
Treinta años después, cuando Joaquim falleció plácidamente en su lecho de vejez, se encontró una carta en su mesita de noche. Era de Benedita.
Había abierto una escuela en Salvador. Allí, enseñaba a las niñas a luchar, a leer y a sobrevivir.
La carta simplemente decía:
"Gracias por verme cuando nadie más podía. Me diste más que libertad: me devolviste a mí misma."