PART 2:
mi padre. Ricardo se volvió por fin. —Mariana, no empieces. No empieces. Habían pasado cuatro años desde el divorcio, y aun así esa frase seguía teniendo el poder de llevarme a una versión antigua de mí: la mujer que medía las palabras para no incomodar, la que se callaba en cenas familiares, la que aceptaba migajas de respeto para no romper la imagen de familia. Pero ese día yo acababa de enterrar al hombre que me enseñó lo contrario. —No estoy empezando nada —respondí—. Estoy preguntando por qué tu esposa cree que puede echarme de la casa de mi padre. Laura sonrió con lástima. —Mariana, por favor. Todos sabemos que esta casa quedó comprometida hace años. Ricardo ayudó mucho a tu padre económicamente. Hay documentos. Hay acuerdos. Sentí que algo frío me subía por la espalda. —¿Qué documentos? Ricardo dio un paso hacia nosotras. —No es necesario hablar de eso hoy. —Ella acaba de decirme que recoja mis cosas. Parece bastante necesario. Mi hijo Nicolás se levantó. —Papá, ¿qué está pasando? Ricardo evitó mirarlo. Laura, en cambio, se acercó a él con una ternura falsa. —Nico, cariño, esto es un asunto de adultos. Tu mamá está muy sensible hoy. No queremos discutir. Mi hijo se apartó apenas. —No le hables como si estuviera loca. Por primera vez, Laura perdió un poco la sonrisa. Yo estaba a punto de responder cuando la puerta se abrió y entró Julián, el viejo jardinero de mi padre. Tenía más de setenta años, las manos manchadas de tierra y los ojos rojos. Llevaba un enorme ramo de rosas blancas envuelto en papel café. —Perdón, señora Mariana —dijo con voz temblorosa—. Me faltaba dejar estas flores. Don Ernesto las encargó antes de… antes de irse. No pude hablar. Julián avanzó hasta mí y me entregó el ramo. Las rosas olían a humedad y a jardín después de lluvia. Eran las favoritas de mi madre. Mi padre las cultivó durante años en el patio trasero. Decía que una casa sin rosas era solo una construcción con techo. —¿Mi papá las encargó? —susurré. Julián asintió. —Me dijo que se las diera después del entierro. Que no antes. Que usted sabría qué hacer. Yo no sabía nada. Solo sostuve las flores contra el pecho y sentí, por primera vez en todo el día, que mi padre todavía estaba cerca. Laura miró el ramo con impaciencia. —Muy bonito gesto, pero creo que ahora no— Se detuvo. Sus ojos se fijaron en algo entre las rosas. Yo también miré. Entre los tallos, sujeto con una cinta delgada, había un pequeño sobre color crema. Mi nombre estaba escrito con la letra de mi padre. “Para Mariana. Cuando todos crean que ya no puedo hablar.” El silencio en la sala cambió. Ricardo palideció. Laura dio un paso hacia mí. —Eso debe ser algo privado. Quizá deberías leerlo después. Su urgencia me dijo que no. Sostuve el sobre con manos temblorosas. —Lo leeré ahora. Ricardo habló rápido: —Mariana, estás cansada. Tu padre estaba enfermo. No…
PART 3: Para obtener más información,continúa en la página siguiente