Una gala, una decisión cruel y un error imposible de deshacer
Rodrigo Alcántara estaba a punto de asistir a la gala empresarial más importante de su vida en la Ciudad de México. Todo parecía calculado al milímetro: invitados influyentes, prensa selecta, empresarios poderosos y una fusión millonaria que lo colocaría en la cima. Sin embargo, faltando apenas 45 minutos para salir, tomó una decisión humillante y apresurada: borrar a su esposa de la lista de invitados porque, según él, no encajaba con la imagen que quería proyectar.
Desde el piso 40 de su corporativo sobre Paseo de la Reforma, Rodrigo observaba la ciudad con la arrogancia de quien se cree intocable. Vestía un traje impecable, revisaba nombres importantes y disfrutaba de la sensación de control absoluto. En su mente, esa noche sería el punto de quiebre de su carrera: recibiría un premio, cerraría una alianza histórica y consolidaría una reputación que llevaba años construyendo.
Pero entre tantos apellidos influyentes apareció uno que le molestó de inmediato: Carmen Ortiz de Alcántara. La vio como el estorbo perfecto. En su cabeza seguía siendo aquella mujer sencilla, de ropa cómoda, manos manchadas de tierra por cuidar su jardín y una vida tranquila lejos de los círculos de poder. Rodrigo había olvidado que, años atrás, fue precisamente ella quien lo ayudó cuando su empresa estaba al borde del desastre.