cDespués de tres años de matrimonio, mi esposo de pronto me pidió dormir en habitaciones separadas. Me opuse con todas mis fuerzas, pero no logré hacerlo cambiar de opinión. Así que, aprovechando que él no estaba en casa, mandé hacer un pequeño agujero en la pared… Y la noche siguiente, cuando miré por ahí, casi grité del susto al descubrir la verdadera razón…

PARTE 1

—Desde hoy no voy a dormir contigo, Sofía.

Eso me dijo mi esposo mientras cenábamos enfrijoladas en nuestra casa de la colonia Portales, como si me estuviera avisando que se había acabado el gas.

Llevábamos tres años casados. Diego Morales y yo no éramos ricos, pero habíamos construido una vida tranquila: él trabajaba como supervisor en una empresa de paquetería en Azcapotzalco y yo vendía pasteles por encargo desde casa.

Nunca imaginé que una frase pudiera partirme la vida.

—¿Perdón? —pregunté, soltando el tenedor.

Diego no me miró.

—Necesito dormir en el cuarto de atrás por un tiempo.

Sentí que la cara se me calentaba.

—¿Por qué? ¿Qué hice? ¿Ya no quieres estar conmigo?

—No es eso.

Pero cuando un hombre dice “no es eso”, una mujer empieza a imaginarlo todo.

Pensé en otra mujer. Pensé en mensajes borrados. Pensé en una compañera de trabajo con perfume caro y uñas perfectas.

Lloré, discutí, le rogué que me dijera la verdad. Pero Diego solo repitió que necesitaba descansar mejor. Esa misma noche tomó una cobija, una almohada y se encerró en el cuartito donde guardábamos cajas de Navidad y ropa vieja.

Yo me quedé sola en la cama matrimonial, mirando el techo, sintiéndome abandonada dentro de mi propia casa.

Lo peor fue que de día actuaba igual. Me preparaba café, me preguntaba si ya había comido, me ayudaba a entregar pedidos. Pero en cuanto caía la noche, me besaba la frente y desaparecía detrás de esa puerta.

Al cuarto día ya no pude más.

Aproveché que Diego salió al trabajo y llamé a un albañil que conocía mi vecina Lupita.

—Hágame un agujerito aquí, del tamaño de una moneda —le pedí, señalando la pared que daba al cuarto de Diego—. Es para pasar un cable.

El hombre no preguntó nada.

Esa noche esperé a que Diego apagara la luz. Me levanté descalza, con el corazón golpeándome las costillas, y pegué un ojo al agujero.

Me preparé para ver un celular escondido.

Una videollamada.

Una traición.

Pero lo que vi me dejó sin aire.

Diego estaba sentado en la orilla de la cama, con una toalla entre los dientes para no gritar, mientras se inyectaba algo en el abdomen.

Sobre la mesita había gasas, alcohol, cajas de medicamento y una carpeta del hospital.

Luego tomó una foto de nuestra boda, la besó y susurró:

—Perdóname, Sofía… no quiero que me veas destruido.

Me tapé la boca para no llorar.

Y cuando alcancé a leer una palabra en la carpeta, sentí que el piso desaparecía bajo mis pies: Oncología.

No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…