cDespués de tres años de matrimonio, mi esposo de pronto me pidió dormir en habitaciones separadas. Me opuse con todas mis fuerzas, pero no logré hacerlo cambiar de opinión. Así que, aprovechando que él no estaba en casa, mandé hacer un pequeño agujero en la pared… Y la noche siguiente, cuando miré por ahí, casi grité del susto al descubrir la verdadera razón…

PARTE 2

Al amanecer, Diego salió del cuarto con una sonrisa pálida.

—Buenos días, mi amor.

Yo lo miré como si fuera un desconocido. Tenía ojeras profundas, los labios resecos y una mano escondida sobre el estómago.

Quise abrazarlo y gritarle: “¡Ya sé todo!”. Pero no pude. Porque para decirlo, también tendría que confesar que había mandado agujerar la pared para espiarlo.

Así que le serví café y me tragué la culpa.

Cuando se fue al trabajo, entré al cuarto pequeño. Estaba impecable. Diego había escondido todo. Pero en el bote de basura encontré un papel arrugado.

No debía leerlo.

Lo leí.

Era una hoja del Hospital Ángeles México. Entre términos que apenas entendía, había una frase que me congeló la sangre: tratamiento oncológico urgente.

Mi esposo tenía cáncer.

Y yo había pensado que me engañaba.

Esa tarde cancelé mis pedidos, me senté frente a la computadora y busqué cada medicamento. Náuseas, fiebre, dolor, temblores, agotamiento. Entonces entendí todo: Diego no se había ido a dormir solo porque no me amara. Se escondía para que yo no lo oyera llorar.

Esa noche preparé su comida favorita: chilaquiles verdes con pollo, frijoles refritos y agua de jamaica. Cuando llegó, sonrió cansado.

—¿Celebramos algo?

—Que sigues aquí —respondí.

Diego dejó de sonreír.

Después de cenar, le tomé la mano.

—Dime la verdad.

—¿De qué?

—De tu enfermedad.

El silencio fue más doloroso que cualquier grito.

—¿Cómo sabes? —preguntó, con la voz rota.

—Encontré un papel.

No le dije lo del agujero. Todavía no.

Diego se cubrió la cara. Me contó que se lo habían detectado dos meses antes, que el tratamiento era caro, que había vendido el coche, pedido préstamos y usado nuestros ahorros.

—No quería arruinarte la vida —dijo.

—Mi vida eres tú, Diego.

Nos abrazamos llorando. Esa noche volvió a nuestra cama. Pero antes de dormir soltó otra verdad:

—Ya no puedo pagar lo que sigue.

Al día siguiente lo acompañé al hospital. El doctor fue claro: había esperanza, pero el tratamiento no podía detenerse. La cifra era imposible.

Llamé a mi mamá, a mi hermana, a amigas. Todas prometieron ayudar, pero no alcanzaba.

Entonces llamé a la persona que jamás pensé buscar: mi suegra, doña Carmen, en Puebla.

Ella escuchó en silencio. Luego dijo:

—Sofía, yo no tengo ese dinero… pero el padre de Diego sí.

Me quedé helada.

—Diego me dijo que su papá murió.

—Eso fue lo que le hicimos creer.

Al día siguiente fui a Puebla. Doña Carmen me mostró cartas viejas y fotos de un hombre cargando a un bebé idéntico a Diego.

—Se llama Ricardo Armenta. Vive en Monterrey. Nunca supo que Diego estaba vivo.

Guardé su tarjeta con las manos temblando.

Cuando llamé a su oficina, dije una sola frase:

—Soy la esposa de su hijo.

Del otro lado, un hombre respiró como si acabaran de abrirle una tumba.

—¿Dónde está Diego?

Y yo entendí que la verdad apenas iba a explotar…