PARTE 3
Ricardo Armenta llegó al hospital dos días después, en silla de ruedas, acompañado de un médico y un abogado.
Era un hombre elegante, pero consumido por la enfermedad. Cuando vio a Diego dormido, se llevó una mano al pecho.
—Tiene mis ojos —susurró.
Diego despertó y frunció el ceño.
—¿Quién es él?
Yo le tomé la mano.
—Necesitamos hablar.
Le contamos todo: que Ricardo y doña Carmen se habían separado por presiones familiares, que hubo un accidente, que a Ricardo le dijeron que ella había perdido al bebé, y que doña Carmen, por miedo y vergüenza, dejó que Diego creciera creyendo que su verdadero padre había muerto.
Diego no gritó. Eso fue peor.
Me miró con una tristeza durísima.