La puerta terminó de abrirse.
Desde la pantalla de mi celular vi primero el piso de madera, luego la sombra de mi madre entrando como si volviera a una casa propia, no al único lugar que mi abuelo Ernesto me había dejado con nombre, escritura y bendición.
El cerrajero se quedó en el umbral.

Su mano seguía en la herramienta. Sus ojos iban del sobre que mi padre sostenía a la cerradura forzada. Después miró hacia el techo del pasillo, donde una de las cámaras pequeñas parpadeaba con una luz azul casi invisible.
La vio.
Y dejó de moverse.