Estaba en una habitación de hotel, sin corbata, despeinado, riéndose con una mujer de cabello oscuro que yo no conocía, o eso creí durante los primeros 3 segundos.-olweny

La primera imagen duró menos de dos segundos antes de que el silencio se tragara el salón entero.

No fue un murmullo. No fue incomodidad. Fue ese vacío espeso que se forma cuando demasiada gente entiende lo mismo al mismo tiempo.

Emiliano se quedó quieto frente al podio, con la sonrisa todavía puesta y la mano cerrada sobre sus papeles.

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Camila, en la puerta lateral, frenó en seco. El rojo de su vestido parecía más brillante bajo las luces blancas del salón. Se le borró la seguridad de la cara en un instante.

Y yo, al fondo, no me moví.

La pantalla siguió corriendo.

No mostré nada explícito. No hacía falta. Bastaban la habitación, la fecha en la esquina del archivo, la risa de Emiliano, la mano de Camila en su cuello, la voz de ella preguntando si alguien iba a extrañarlos esa noche.

Doce segundos.

Eso fue todo lo que dejé correr antes del siguiente golpe.

La imagen del hotel desapareció y fue reemplazada por una secuencia de documentos: reservas pagadas con cuentas corporativas, viáticos duplicados, itinerarios falsificados, autorizaciones internas firmadas desde el departamento de comunicación.

Entonces sí, el salón explotó.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó uno de los inversionistas desde la primera fila.

Emiliano reaccionó por fin y giró hacia la cabina técnica.

 

 

 

 

 

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