Cuando Maribel terminó de marcar, no apartó la mano del teléfono. Se quedó de pie detrás del mostrador, con la espalda recta y la cara tan blanca que parecía no pertenecerle.
A mí me dejaron plantada frente a la ventanilla, con el vestido negro pegado a las piernas por la lluvia y la libreta azul apretada entre los dedos como si fuera la última cosa firme en un edificio a punto de caerse.
—No se mueva de aquí, por favor —dijo Maribel sin levantar demasiado la voz.
La puerta automática se cerró con un golpe seco. El sonido del seguro bajando fue peor que un grito.
Dos empleados dejaron de teclear. Una gerente salió de una oficina interior con paso rápido, vio la libreta sobre el mostrador y se detuvo en seco.
No preguntó de inmediato. Primero miró mi nombre, luego el sello gastado, luego la pantalla de la computadora. Después levantó la vista hacia mí, y en sus ojos vi algo que me heló más que la lluvia: reconocimiento.
—¿Usted es Mariana Salazar? —preguntó.
Asentí.
—¿Y la señora Lupita… era su abuela?
Volví a asentir.
No me dejaron sola ni un segundo. Maribel tomó aire, como si le costara trabajo seguir hablando, y explicó que esa libreta no era un adorno viejo ni una cuenta cualquiera.
Había tenido movimientos registrados durante años, pero estaba ligada a una instrucción especial que nadie debía tocar sin una verificación notarial.
Lo dijo muy despacio, midiendo cada palabra, y yo solo alcancé a entender que mi papá no había tirado basura sobre un ataúd. Había intentado destruir una llave.
—¿Destruir qué? —pregunté.
La gerente no respondió. En vez de eso, cerró la pantalla del monitor un segundo, la volvió a abrir y me pidió una identificación. Le temblaban los dedos.
Cuando leyó mi INE, tragó saliva y dijo algo que todavía me retumba en la cabeza:
—Su abuela dejó una instrucción sellada. Nadie más puede reclamar esto.
Afuera, en la calle, la lluvia golpeaba los cristales del banco con fuerza. Adentro se hizo un silencio raro, espeso, como si todos entendieran al mismo tiempo que algo serio estaba en marcha.
La policía todavía no llegaba, pero ya se sentía su sombra.
Maribel me pidió que me sentara. Yo me senté apenas, sin soltar la libreta. Tenía el lodo seco pegado en la tapa y una esquina rota, como si hubiera resistido más de lo que cualquier cuaderno debería resistir.
Entonces la gerente deslizó una hoja hacia mí. Era una copia del registro de la cuenta, un papel lleno de sellos y firmas, y al centro aparecía una cifra que por un segundo no quise leer.
12 millones 480 mil pesos.
Levanté la vista de golpe.
—No… no puede ser.
—Sí puede —dijo la gerente, sin solemnidad—. Y falta más.
Fue ahí cuando empecé a entender por qué mi abuela me había dicho, una semana antes de morir, que fuera al banco y no al notario primero. Ella no quería que me ganaran por sorpresa. Quería que yo viera con mis propios ojos el tamaño de la mentira.