La libreta tenía una anotación en la última página, con la letra chiquita y torcida de Lupita: “Entregar solo a Mariana Salazar. Si Víctor viene, no abrir nada delante de él.”
Sentí un golpe en el pecho.
Mi papá había estado ahí, frente a la tumba, riéndose como si me hubiera dejado sin nada. Y en realidad había estado parado sobre una fortuna que no era suya.
La gerente me explicó después que la cuenta había sido abierta con una mezcla de ahorro familiar, venta de un terreno en Michoacán y depósitos en efectivo hechos durante años.
Pero lo más importante no estaba en el dinero. Estaba en la cláusula de resguardo: mi abuela había dejado instrucciones para transferir un inmueble, una casa antigua en Coyoacán, junto con una carpeta de documentos que solo podían entregarse a mí.
—¿Una casa? —susurré.
Maribel asintió.
—Y no está sola. Hay escrituras, poderes cancelados y una denuncia previa por intento de apropiación indebida. Su abuela fue muy clara: sospechaba que su papá quería mover todo a su nombre.
Sentí que se me aflojaban las manos.
En ese instante sonó el timbre exterior. Dos policías entraron al banco con la lluvia todavía cayéndoles de los hombros.
Uno era un hombre alto, de bigote corto; la otra, una mujer con libreta de notas y mirada dura. La gerente les habló en voz baja, señalándome apenas con la barbilla. Los dos se acercaron.
—¿Usted es la nieta de Guadalupe Hernández? —preguntó la agente.
—Sí.
—Necesitamos que nos acompañe para tomar su declaración.
No me levanté de inmediato. Miré otra vez la libreta, luego la hoja con la cifra, luego la pantalla del cajero. Todo parecía demasiado limpio para una historia que venía del lodo de un panteón. La agente notó mi cara y bajó un poco la voz.
—Su abuela dejó constancia de que alguien intentó retirar dinero sin autorización hace tres meses —dijo—. La firma no coincidió. Hay vigilancia. Y hay nombres.
En el banco nadie habló.
Ni Maribel.
Ni la gerente.
Ni yo.
Solo el zumbido de los fluorescentes y el golpeteo de la lluvia.
Fue entonces cuando escuché el teléfono de la gerente vibrar sobre el escritorio. Ella vio la pantalla, apretó los labios y me miró con una expresión extraña, casi de lástima.
Antes de contestar, puso el altavoz por un segundo. La voz de mi padre entró al salón del banco como si ya se hubiera creído dueño de todo.
—¿Ya la encontraron? —dijo Víctor, seco, impaciente—. Esa libreta es de la familia. No hay nada que revisar.
La agente tomó el teléfono de la mano de la gerente sin pedir permiso.
—Señor Víctor Salazar, hable con calma —dijo ella—. Estamos en la sucursal del Banco del Bajío. Su hija está aquí, y usted necesita explicarnos por qué intentó disponer de una cuenta con resguardo judicial.
Hubo una pausa larga. Tan larga que todos pudimos oír la respiración del otro lado.
—¿Qué resguardo? —preguntó mi padre, y por primera vez su voz no sonó segura.
La agente giró la libreta de apuntes, leyó en voz alta el nombre de mi abuela y luego soltó la frase que partió el aire:
—La cuenta tiene orden de entrega exclusiva a Mariana Salazar. Además, existe una denuncia previa por falsificación de documentos.
El ruido del teléfono al otro lado fue un golpe breve, como si hubiera caído al suelo.
Yo cerré los ojos apenas un segundo.
No por tristeza. Por rabia.