PARTE 1
Mi suegra me acusó de engañar a su hijo porque yo estaba embarazada de otra niña, y esa noche casi me manda al hospital con mi bebé dentro.
Me llamo Isabela Cortés, tengo 27 años y durante mucho tiempo creí que mi matrimonio con Alejandro Aranda era fuerte. Nos casamos en Querétaro en 2017, con una fiesta sencilla, mariachi, flores blancas y su madre, doña Mercedes, llorando como si estuviera entregando al último príncipe de México. Al final de la noche, cuando Alejandro y yo nos íbamos al hotel, ella me tomó de las manos y me dijo al oído:
—Ahora sí, mija, a fabricar al próximo Alejandro Aranda IV.
Me reí por nervios. Pensé que era una broma pesada de señora antigua. No sabía que esa frase iba a convertirse en una sentencia.
En la familia de Alejandro llevaban más de 100 años presumiendo que solo nacían varones. Lo decían en las comidas como si fuera un milagro, una prueba de sangre fuerte, de apellido bendecido. Cuando quedé embarazada en nuestra luna de miel y supimos que era niña, todos se quedaron helados. Alejandro tardó unos días en acomodar la noticia, pero cuando nació Lucía, cambió por completo. La tomó en brazos y lloró como nunca lo había visto llorar.
—No sabía que podía amar así —me dijo.
Yo le creí. Y era verdad, al menos al principio. Alejandro adoraba a Lucía. La llamaba su princesa, su cielo, su pedacito de vida. Pero doña Mercedes nunca la miró igual. Cuando Alejandro no estaba cerca, soltaba comentarios como agujas.
—Qué raro que no tenga la nariz de los Aranda.
—En esta familia nunca salen niñas.
—Dios sabe por qué manda señales.
Yo callé. Me dije que era una mujer vieja, enferma, amarga. Me dije que no valía la pena destruir la relación de Alejandro con su madre por comentarios venenosos. Ese fue mi error: creer que el veneno se queda pequeño si una lo ignora.
Dos años después quedé embarazada otra vez. Cuando el ultrasonido confirmó que era otra niña, le rogué a Alejandro que esperáramos para decirlo. Yo quería disfrutar un poco de mi embarazo sin que Mercedes lo ensuciara. Pero él insistió.
—Es mi mamá. Tiene derecho a saber. Además, se le va a pasar.
No se le pasó.
Fuimos a su casa un domingo. Doña Mercedes estaba con su esposo, don Ramón, y algunos tíos. Alejandro sonrió y dijo:
—Va a ser otra niña.
Mercedes soltó la taza de café. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no eran lágrimas de alegría. Empezó a negar con la cabeza, temblando.
—No. No. Eso no es de nosotros.
Sentí que la sangre se me iba de la cara.
—¿Qué dijo?
Me señaló con el dedo.
—Mi hijo no hace niñas. La primera te la dejé pasar, pero 2 no. Esas niñas no son Aranda. Tú eres una cualquiera.
Alejandro se levantó furioso.
—¡Mamá, cállate! ¡Estás hablando de mi esposa y mis hijas!
Yo cargué a Lucía, que no entendía nada y empezó a llorar. Mercedes gritaba que yo había ensuciado su apellido, que Lucía era una intrusa, que el bebé en mi vientre era prueba de mi traición. Alejandro nos sacó de la casa y en el coche me pidió perdón una y otra vez. Ahí le conté todos los comentarios que me había hecho durante años. Él golpeó el volante, llorando de rabia.
—No la vuelvo a dejar acercarse a ustedes.
Durante meses cumplió. Bloqueamos números, evitamos reuniones, intentamos respirar. Pero cuando yo estaba a punto de dar a luz, Alejandro empezó a ponerse triste. Decía que su papá estaba llamando, que su mamá lloraba todos los días, que quizá debíamos ser “los adultos”. Acepté una cena para hablar, sin Lucía, porque mi hermana la cuidaría.
Llegamos a casa de Mercedes esperando una disculpa. Después de la sopa, Alejandro dijo:
—Mamá, tienes que pedirle perdón a Isabela.
Mercedes me miró sin parpadear.
—Cuando me traigan la prueba de paternidad, hablamos.
Me levanté para irme. Ella me jaló de la blusa.
—No te vas a escapar, mentirosa.
Alejandro gritó. Mercedes me soltó una bofetada y luego me lanzó una figura de cristal que me abrió la cabeza. Caí al suelo, protegiéndome la panza con las dos manos, mientras ella intentaba patearme.
En el hospital me dieron puntos y me dejaron en observación. El bebé estaba bien. La policía tomó el reporte. Alejandro me tomó la mano y juró:
—Te voy a proteger de ella.
Esa noche todavía le creí.