—Apaguen eso. Ahora.
No levanté la voz. Ni siquiera me puse de pie todavía.
—No lo apaguen —dije.
El técnico me miró a mí y luego miró hacia la puerta del fondo.
Allí estaba Esteban Armenta.
El hombre del piso 14.
El único en esa familia que nunca necesitó gritar para detener una sala.
No llevaba saco. Solo una carpeta gris bajo el brazo y esa expresión seca de quien ya revisó el desastre tres veces antes de entrar.
Asintió una vez.
El técnico dejó correr la presentación.
Las siguientes diapositivas mostraron los montos. El nombre del hotel. El número de la suite. Los consumos cargados como reuniones estratégicas. Una transferencia a una agencia externa que no existía. Y, al final, una cadena de correos en la que Camila aprobaba el gasto como campaña confidencial.

La voz de Emiliano se quebró en la primera negación.
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