«Señor… aquí hay cámaras», dijo.
Mi madre giró despacio.
«No diga tonterías. Abra bien.»
Sofía ya había cruzado medio cuerpo dentro del departamento. Tocó el respaldo de una silla del comedor con la punta de las uñas rojas, como si estuviera escogiendo qué se iba a quedar primero.
«Ese piano se puede vender carísimo», dijo. «Y los libros de mi abuelo también.»
Mi padre soltó una risa sin aire.
«Tu abuelo no era solo tuyo.»
Entonces el cerrajero bajó la voz.
«Yo necesito ver identificación de la propietaria.»
Mi madre lo miró como se mira a un mesero que tardó demasiado.
«Mire, joven, ya le pagamos. No complique las cosas.»
«Me pagaron para abrir una puerta autorizada», respondió él. «No para meterme en un problema.»
Desde el estacionamiento del hotel, yo ya estaba dentro del coche. El celular estaba conectado al tablero. La transmisión seguía viva. En el asiento del copiloto llevaba tres cosas: mi INE, la escritura del departamento y una copia sellada de la denuncia previa.
A las 8:26 llamé al número que me había dado el Ministerio Público.
No grité. No expliqué de más.
«Ya están dentro», dije. «Están forzando la entrada. Tengo video en vivo.»
La voz del otro lado cambió de tono.
«No entre sola. Manténgase cerca. Vamos a enviar unidad.»
Pero yo ya había salido hacia Polanco.