Capítulo 4: El apocalipsis financiero
Cuando el sol empezó a ponerse sobre el Atlántico, la oficina de David en Midtown Manhattan parecía la escena de un crimen. Agentes del IRS estaban guardando sistemáticamente discos duros y libros contables en cajas. Megan y Linda estaban sentadas en el vestíbulo, con sus bolsos de diseñador luciendo de pronto patéticos contra el telón de fondo de una auditoría federal activa.
David estaba en medio de su oficina, viendo cómo se llevaban su computadora.
—Andrew, dime que hay un error —suplicó.
Andrew ni siquiera levantó la vista de su propio escritorio.
—No hay ningún error, David. Lo tienen todo. Cada transferencia a la cuenta personal de Allison. Cada giro para el departamento. Incluso tienen las grabaciones de seguridad de la inmobiliaria donde firmaste los papeles.
—¿Cómo? —jadeó David—. Fui cuidadoso.
—No fuiste cuidadoso —dijo una nueva voz.
Steven, mi abogado, entró en la oficina con una calma depredadora. Llevaba una tableta plateada.
—Fuiste arrogante. Pensaste que tu esposa no entendía los libros porque no hablaba de ellos. Olvidaste que Catherine tiene una maestría en contabilidad forense. Ella llevaba tus cuentas mucho antes de que pudieras permitirte un director financiero.
Servicios e instalaciones médicas
Familia
David cayó en su silla de cuero, expulsando el aire en un siseo irregular.
—¿Ella hizo esto? ¿Todo?
—Ella no “hizo” esto, David —dijo Steven, inclinándose sobre el escritorio—. Tú hiciste esto. Ella simplemente entregó la evidencia a las personas a las que sí les importa. A los socios a los que mentiste. Al banco al que defraudaste. Y al tribunal que pensaste que podrías esquivar.
La puerta de la oficina se abrió de golpe. Allison estaba allí, despeinada, con los ojos rojos.
—¡David, llamó el agente inmobiliario! ¡Van a poner un gravamen sobre el departamento! ¡Dicen que fue comprado con fondos “contaminados”!
David la miró, a la mujer por la que había arruinado su vida.
—¿De quién es el hijo, Allison?
Ella se encogió. La arrogancia había desaparecido, sustituida por el miedo crudo y tembloroso de una estafadora atrapada.
—Yo… ya no importa, ¿verdad? ¡Lo estamos perdiendo todo!
—¡A mí sí me importa! —gritó David, abalanzándose sobre el escritorio.