PARTE 1
“Para mañana, mi esposa estará de rodillas rogándome que le deje aunque sea las migajas.”
Eso fue lo primero que escuché cuando llegué a la casa de descanso en Valle de Bravo.
Me quedé inmóvil detrás de la puerta corrediza de la cocina, con una carpeta negra apretada contra el pecho. Había manejado casi dos horas desde Ciudad de México para sorprender a mi esposo, Alejandro Mendoza, y entregarle personalmente los últimos permisos del proyecto más importante de mi vida: un hotel ecológico de lujo en la Riviera Maya, construido con inversionistas mexicanos y canadienses.
Durante cinco años, yo había negociado terrenos ejidales, permisos ambientales, créditos bancarios, reuniones con arquitectos y noches enteras sin dormir. Pero en los eventos, Alejandro era quien sonreía frente a las cámaras.
Yo era “la intensa”.
Él era “el visionario”.
En la terraza, bajo luces cálidas y música suave, había una celebración secreta. Estaban su madre, doña Carmen, algunas primas de apellido importante, dos socios del banco… y Natalia, su asistente de veintiséis años.
Natalia estaba sentada en el sillón blanco, usando un vestido color perla que marcaba perfectamente su vientre embarazado. Alejandro tenía una mano sobre su panza como si estuviera presumiendo un trofeo.
Doña Carmen levantó una copa de champaña.
“Por fin la familia Mendoza tendrá un heredero de verdad”, dijo con una sonrisa venenosa. “Y no esa mujer seca que solo sabe trabajar.”
Sentí que el aire se me iba del cuerpo.
Alejandro soltó una carcajada.
“Tranquila, mamá. Mariana ya firmó los anexos del banco. Mañana, cuando se dé cuenta de que perdió el control de la empresa, la casa y hasta el apellido, va a venir llorando.”
Natalia abrió los ojos.
“¿Pero ella aceptó?”
Alejandro sonrió.
“Ella no acepta, Natalia. Ella obedece cuando ya no le queda otra opción.”
Entonces doña Carmen sacó una cajita roja de terciopelo. Dentro estaba el anillo de esmeralda que, según ella, pertenecía a “la verdadera señora Mendoza”. Nunca me lo quiso dar, aunque llevaba ocho años casada con su hijo.
Se lo puso a Natalia.
“Ahora sí está en las manos correctas”, dijo.
No lloré.
No grité.
Algo dentro de mí se apagó con una calma terrible.
Salí por la puerta de servicio sin hacer ruido. Me subí al coche, miré por última vez la terraza iluminada y marqué tres números: mi abogada, un auditor forense y el inversionista principal del proyecto.
Ellos pensaban que acababan de enterrarme viva.
No podían imaginar lo que estaba a punto de pasar.