PARTE 1
“Tu esposo está de luna de miel en Cancún mientras tu hija se está muriendo sola en Monterrey.”
Eso fue lo primero que me dijo la enfermera, y todavía siento que esas palabras me partieron el pecho como si me hubieran aventado contra una pared.
Yo estaba acomodando cajas de gasas en una clínica comunitaria de Toluca, donde ayudaba dos veces por semana desde que me jubilé como enfermera del Seguro Social. Tenía sesenta y cuatro años, las rodillas cansadas y una vida tranquila que me había costado décadas construir. Entonces sonó mi celular.
Número de Nuevo León.
Casi no contesté. Pensé que sería una llamada de banco, una encuesta, cualquier cosa. Pero algo me apretó el estómago.
“¿Es usted la señora Elena Rivas?”
“Sí, ¿quién habla?”
“Soy Lupita Hernández, enfermera del área de cuidados paliativos del Hospital San Gabriel, en Monterrey. Es sobre su hija, Mariana.”
Se me cayó la caja de gasas al piso.
Mariana. Mi niña. Mi única hija. Maestra de primaria, treinta y cinco años, sonrisa limpia, de esas personas que todavía creen que un cuaderno nuevo puede cambiarle el ánimo a un niño.
“¿Qué pasó con Mariana?”
La enfermera respiró hondo.
“Señora Elena… su hija ingresó hace tres semanas. Tiene cáncer de páncreas avanzado. En las últimas cuarenta y ocho horas empeoró mucho. Ella acaba de estar lúcida unos minutos y me pidió que la llamara. Dijo: ‘Por favor, dígale a mi mamá que venga’.”
Tres semanas.
Mi hija llevaba tres semanas muriéndose y yo no sabía nada.
“¿Dónde está Ricardo?”, pregunté, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta. “Su esposo. Él debió llamarme.”
Del otro lado hubo un silencio horrible.
“Ricardo vino el día que la ingresó. Firmó papeles, dijo que tenía un viaje urgente de negocios y dejó indicado que no se contactara a nadie más sin autorización. No ha vuelto.”
Me recargué en la pared para no caerme.
“Dígale a mi hija que voy para allá.”
Colgué, pedí permiso sin explicar demasiado, manejé a mi casa y metí ropa en una maleta como si mi cuerpo se moviera sin mí. También guardé un álbum viejo que Mariana me hizo de niña, con cartulina rosa y diamantina. En la primera página decía: “Mi mamá es la más fuerte del mundo”.
En el autobús nocturno rumbo a Monterrey, recibí un mensaje de Lupita. Era una captura de pantalla.
Ricardo aparecía bronceado, con lentes caros, abrazando a una mujer joven en la playa. La descripción decía: “Nueva vida, nuevo amor. Cancún con mi esposa.”
Mi esposa.
La mujer se llamaba Valeria.
Yo apreté el celular hasta que me dolieron los dedos. Mi hija agonizaba conectada al oxígeno mientras el hombre que le juró cuidarla celebraba una luna de miel.
Cuando llegué al hospital, Lupita me llevó por un pasillo frío, silencioso, con olor a cloro y flores artificiales. Al abrir la puerta del cuarto 214, vi a Mariana.
Y por un segundo no la reconocí.
Estaba delgadísima, con la piel amarillenta, los labios partidos y una cánula bajo la nariz. Me acerqué temblando.
“Mariana… mi amor… mamá ya llegó.”
Sus ojos se abrieron apenas.
“Mamá”, susurró.
Me quebré. Le besé la mano una y otra vez.
“¿Por qué no me llamaste?”
Una lágrima le resbaló por la sien.
“Ricardo decía que no te molestara. Que tú ya habías sufrido mucho. Que yo iba a ser una carga.”
Una carga.
Yo la había criado sola desde que su padre murió. Había trabajado turnos dobles para pagarle la universidad. Habría vendido mi casa, mis huesos y mi alma por verla respirar un día más.
Entonces Lupita me pidió salir al pasillo.
Ahí me dijo la verdad completa.
Ricardo no estaba de negocios. Ricardo ya se había divorciado de Mariana un mes antes, mientras ella estaba sedada por la quimioterapia. La hizo firmar papeles. Se quedó con la casa, los ahorros y los autos. Y dos semanas después se casó con Valeria en Cancún.
Pero lo peor vino después.
Mariana tenía un seguro de vida por diez millones de pesos.
Y Ricardo seguía siendo el beneficiario principal.
No podía creer lo que estaba por pasar…