— O pones tu firma en ese acta de matrimonio, o en 2 días el hospital echa a tu madre a la calle. Tú decides si su respiración vale tu maldito orgullo.
El golpe de los papeles sobre la mesa de plástico resonó en la pequeña cocina de Iztapalapa. Ximena apretó los puños. A sus 23 años, trabajaba 14 horas al día limpiando oficinas en Reforma, pero el dinero no alcanzaba ni para 1 caja del medicamento que mantenía a Doña Rosa con vida. El cuarto olía a humedad, a tortillas frías y al miedo constante de perderlo todo. En la cama del fondo, la máquina de oxígeno zumbaba con 1 ritmo irregular, como 1 advertencia constante.
Su tía la miraba con dureza. Sobre el hule descolorido descansaban 5 recibos vencidos, 3 avisos de embargo y 1 receta imposible. El hermano menor de Ximena, Luis, de apenas 16 años, miraba el suelo con los ojos enrojecidos. Llevaba 2 semanas sin ir al bachillerato para lavar autos en la avenida, intentando juntar monedas que no servían de nada frente a 1 deuda de 500000 pesos.
La propuesta había llegado 3 días antes a través del abogado de los dueños de la empresa de limpieza.
Don Fausto Montenegro. 1 magnate de 75 años, viudo, dueño de 4 textileras y 12 propiedades en Lomas de Chapultepec. Hombre enorme, de pasos arrastrados, respiración pesada y 1 voz ronca que helaba la sangre. No buscaba 1 enfermera ni 1 aventura. Quería 1 esposa legítima, por bienes separados, pero con 1 contrato claro: la familia de la novia tendría atención médica privada, casa nueva y educación garantizada. Todo a cambio de su juventud y su libertad.
— Es vender a mi hermana — murmuró Luis, con la voz quebrada por la rabia —. ¡No puedes aceptar, Ximena!
— ¿Y qué hacemos? — gritó la tía —. ¡No tenemos ni 1 peso para la diálisis del jueves! ¡Ese viejo le está ofreciendo la salvación!
Ximena miró a su madre, cuya piel lucía casi gris contra las sábanas raídas. No había otra salida. 4 días después, Ximena aceptó.
La boda se celebró en 1 hacienda amurallada en las afueras de Toluca. Para Ximena, todo fue 1 pesadilla cubierta de seda. Había 200 arreglos de rosas blancas, 1 orquesta de 15 músicos y mesas llenas de invitados de la alta sociedad que la escrutaban como si fuera 1 mercancía comprada en descuento. Al fondo del altar, Don Fausto la esperaba. Llevaba 1 traje negro impecable. Su rostro estaba surcado de arrugas profundas, sus hombros caídos bajo la tela fina, y 1 sonrisa rígida que a Ximena le provocó 1 escalofrío en la columna. No sentía paz, sentía que caminaba hacia su propia tumba.
— Desde este segundo, el sufrimiento de tu familia termina. Son mi responsabilidad — le susurró él al oído mientras el juez firmaba las actas en la página 3. Su voz sonaba áspera, antinatural. Ximena solo pudo asentir, sintiendo que el alma se le partía en 2.
Durante las siguientes 2 semanas en la mansión, la dinámica fue perturbadora. Don Fausto le dio 1 tarjeta de crédito sin límite, contrató a 3 especialistas para su madre y pagó por adelantado 3 años de colegiatura para Luis. Pero casi no le dirigía la palabra a Ximena. Vivían en habitaciones separadas. Sin embargo, Ximena notó detalles escalofriantes. Las manos del anciano, cuando creía que nadie lo veía, no temblaban al sostener la taza de café. Su postura, a veces, se erguía con 1 firmeza imposible para alguien de 75 años. Sus ojos oscuros brillaban con 1 intensidad devoradora.
La noche del día 18, 1 tormenta azotó la ciudad. Ximena, sin poder dormir, bajó a la cocina por 1 vaso de agua. Al pasar por el despacho de Don Fausto, vio 1 franja de luz debajo de la puerta de madera tallada. Se acercó en silencio. La puerta estaba entreabierta apenas 2 centímetros.
Lo que vio la dejó paralizada.
Don Fausto estaba de espaldas, frente a 1 espejo iluminado. Levantó sus 2 manos hacia su cuello… y comenzó a arrancarse la piel a tiras.
Ximena se tapó la boca con las 2 manos para ahogar 1 grito desgarrador.
No era magia. Lo que caía al lavabo eran gruesas capas de látex, prótesis y maquillaje teatral.
Cuando el hombre se giró para secarse el rostro, Ximena vio la verdad. No había anciano moribundo. Frente a ella estaba 1 hombre de no más de 35 años, de facciones duras, mandíbula marcada y mirada implacable. 1 rostro que había visto en 100 revistas de finanzas.
Su esposo no era Don Fausto. Era el monstruo más grande de todo México, y ella estaba atrapada en su juego macabro.