(Continuación en español)
La cena fue como una obra de teatro.
Entrantes que no elegí, un vino carísimo que Javier insistió en abrir “porque mi madre lo merece”, y un postre que Mercedes escogió solo para comentar que mi elección habría sido “demasiado simple”.
Cuando llegó la cuenta, la colocaron delante de Javier con un gesto teatral.
Ni siquiera la miró. La empujó hacia mí.
“Paga tú”, dijo, como si fuera lo más normal del mundo.
Me quedé paralizada.
“¿Perdón?”
Javier levantó las cejas con impaciencia.
“Mi madre nos invitó. No vamos a quedar mal. Paga.”
Miré a Mercedes. Sonreía, esperando el espectáculo.
Miré el total. Era una locura.
Además, incluía dos botellas extra y un “suplemento” misterioso que no habíamos pedido.
No era solo el dinero… era la trampa. La humillación.
“No voy a pagar algo que no consumí”, respondí, intentando mantener la calma.
Javier me miró como si no me reconociera.
Mercedes soltó una pequeña risa.
Y entonces…
Sin previo aviso, Javier tomó su copa… y me lanzó el vino a la cara.
Sentí el frío, el olor dulce, mi ropa empapada… y todas las miradas clavadas en mí.
“Pagas, o esto termina aquí mismo”, dijo entre dientes.
Todo el restaurante quedó en silencio.