Desperté del coma cuando mi hijo de nueve años me susurró al oído: «Mamá, no abras los ojos… papá está esperando que firmes»-YILUX

Hasta ahora.

—Perdóname, hija.

Negué apenas con la cabeza.

Porque entendí algo en ese instante.

Él sí había intentado salvarme.

Solo llegó demasiado tarde.

Tomó mi mano con cuidado.

—Ya terminó.

Pero no.

No había terminado.

Porque mientras veía cómo se llevaban a Darío esposado,
comprendí algo peor.

Todavía lo amaba un poco.

Y eso fue lo más doloroso de todo.

No el accidente.

No la traición de Renata.

No el dinero.

Sino descubrir que el corazón puede seguir aferrándose
a alguien que intentó destruirte.

Emiliano se quedó dormido esa noche
abrazado a mi brazo izquierdo.

No quiso irse.

Ni siquiera cuando los médicos insistieron.

Mi padre dormitaba sentado junto a la ventana.

Y yo observaba la ciudad de madrugada
desde el piso doce del hospital.

CDMX seguía viva allá afuera.

Cláxones.

Sirenas.

Luces.

Gente yendo a trabajar
sin imaginar que una mujer acababa de despertar
en medio de una familia rota.

A las tres de la mañana
entró Julia.

Traía el cabello desordenado
y los ojos cansados.

Cuando me vio despierta,
se quedó quieta unos segundos.

Luego sonrió.

—Te tardaste muchísimo.

Intenté reír.

Me dolió todo.

Ella se sentó cerca.

—La policía ya tiene el audio original.
Y encontraron manipulación en los frenos.

Cerré los ojos.

Era real entonces.

No paranoia.

No exageración.

Darío sí quiso desaparecerme.

Julia bajó la voz.

—Hay algo más que debes saber.

La miré.

Ella dudó.

Raro en ella.

—Renata aceptó declarar.