Después de mi divorcio, descubrí que estaba embarazada de trillizos. Programé la cirugía… Pero en cuanto me acosté en la mesa de operaciones, un hombre poderoso apareció de repente a mi lado…

—¡Son tres bebés!

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque no tengo nada.

Su voz se rompió mientras las lágrimas finalmente caían.

—Estoy sola. Diego no quiere verme. Su madre dijo que llamaría a seguridad si vuelvo a aparecer.

Soltó una risa amarga.

—¿Se supone que debo ir a suplicarle?

Silencio.

Luego Mariana susurró:

—Es peligroso… ya tienes cuatro meses.

—Lo sé —dijo Elena en voz baja—. Pero no tengo otra opción.

Esa noche, buscó los riesgos.

Hemorragia.

Infección.

Infertilidad.

Muerte.

Sus manos se volvieron frías.

Corrió al baño y vomitó hasta no tener nada más.

Luego se sentó en el suelo frío, abrazándose a sí misma.

La voz de su madre resonaba en su mente:

“No importa lo que pase, vive con dignidad.”

Pero ¿qué significaba la dignidad ahora?

¿Traer tres niños al sufrimiento?

¿O evitar que nacieran en él?

Ya no lo sabía.

Tres días después, Elena entró en una pequeña clínica privada.

Firmó los formularios de consentimiento.

Cada firma temblaba.

Una enfermera le entregó una bata de hospital.

—Sígame.

El pasillo parecía interminable.

Las luces se desdibujaban.

Cuando se recostó en la fría mesa de operaciones, su mano se movió instintivamente hacia su vientre.

Sintió algo.
Un movimiento débil.

Tan pequeño. Pero suficiente.

Las lágrimas cayeron de inmediato.

—Lo siento… —susurró.

No sabía a quién le estaba pidiendo perdón.

A los bebés.

A su madre.

O a la mujer que solía ser.

—¿Ha tomado su decisión? —preguntó el doctor.

Elena cerró los ojos.

—Sí.

El médico asintió—

Pero antes de que pudiera continuar, la puerta se abrió de golpe.