PARTE 1
El día que el heredero de la fortuna más grande de San Pedro Garza García gritó que sentía brasas de fuego clavadas detrás de sus ojos, su padre ordenó cerrar de inmediato los imponentes portones de hierro forjado de la mansión. Nadie podía grabar la debilidad de su linaje.
A sus 19 años, Mateo Garza vivía inmerso en una oscuridad absoluta desde hacía exactamente 12 años. Era el único hijo de Alejandro Garza, un titán de la industria tecnológica en Nuevo León, dueño de corporativos enteros, laboratorios de biogenética y contratos multimillonarios que podían sobornar a la muerte o comprar casi cualquier milagro en México. Casi. Porque toda su inmensa fortuna, su influencia con gobernadores y sus viajes en jet privado, no habían logrado comprarle la vista a su muchacho.
Durante años, Alejandro paseó a su hijo por los consultorios más exclusivos del mundo. Pagó cirugías experimentales en Suiza, terapias espirituales con chamanes en la sierra de Oaxaca y tratamientos absurdos que siempre arrojaban el mismo veredicto: una ceguera inexplicable, irreversible y médicamente imposible de corregir. Rendido, el magnate regiomontano le construyó a Mateo una prisión de oro. El joven tenía pianos de cola traídos de Europa, escoltas armados, y un jardín repleto de bugambilias y fuentes de cantera que jamás había podido admirar.
Aquella tarde, el calor en Monterrey era sofocante. Mateo tocaba una pieza melancólica en el patio central, guiando sus dedos por pura memoria y tacto, cuando una niña flacucha y cubierta de polvo se coló entre la seguridad privada. Llevaba unos tenis rotos, una camiseta deslavada de un equipo de fútbol local y una mirada demasiado pesada para alguien de su edad. Todos en la avenida Gómez Morín la conocían; era Alma, la niña que vendía mazapanes y limpiaba parabrisas en los semáforos bajo el sol abrazador.
Tres escoltas armados corrieron hacia ella, desenfundando sus radios.
—Sáquenla a la calle ahorita mismo, no dejen que toque nada —ladró el jefe de seguridad con asco.
Pero Mateo dejó de tocar el piano y levantó una mano temblorosa.
—Déjenla en paz. No la toquen.
Alejandro, que cerraba un trato de 50 millones de dólares por teléfono en la terraza, volteó furioso. Le revolvió el estómago ver a esa niña mugrienta profanando el santuario blindado que había construido para aislar a su hijo del México real. Antes de que el magnate pudiera gritar una orden, Alma caminó directo hacia el piano. No pidió dinero. No bajó la mirada. Se quedó observando el rostro pálido de Mateo como si leyera un letrero que nadie más veía.
—Tú no estás ciego, muchacho —dijo la niña, con una voz rasposa que retumbó en los muros de cantera—. A ti te embrujaron los de traje. Te pusieron algo adentro para taparte la memoria.
El silencio que cayó sobre la mansión fue tan denso que hasta el agua de las fuentes pareció congelarse.
Alejandro soltó una carcajada seca, cargada de soberbia y desprecio.
—¿Y tú qué vas a saber de medicina, escuincla? Sáquenla de mi casa.
Alma no retrocedió ni un milímetro.
—No es su ojo, señor. Es la porquería que le dejaron viva allá adentro.
Mateo extendió su mano al vacío hasta rozar los nudillos sucios de la niña. Al tocarla, un escalofrío violento le recorrió la columna. Por primera vez en 12 años, una chispa de terror alteró la paz anestesiada de su encierro.
—Déjala que hable, papá —suplicó Mateo, con la voz quebrada.
Alejandro sintió que la sangre le hervía. Era un insulto que una vagabunda de los cruceros hablara con más autoridad que los cirujanos a los que había bañado en dólares. Sin embargo, la angustia en el rostro de su hijo lo paralizó. Alma se paró de puntitas frente al joven millonario, apoyó sus dedos manchados de tierra en sus pómulos pálidos y, con una frialdad espeluznante, le levantó el párpado derecho.
—¡Ni se te ocurra meterle la mano! —rugió Alejandro, dando un paso al frente.
Pero era tarde. La uña de Alma ya había entrado con una precisión quirúrgica, casi inhumana.
Mateo soltó un alarido gutural. No era dolor físico; era el sonido de una represa mental reventándose dentro de su cráneo. Alejandro corrió para arrancar a la niña a la fuerza, pero Alma hizo un tirón seco y retrocedió.
En la palma de su mano pequeña y sucia, algo negro se retorcía con furia.
No era una infección.
No era un coágulo.
Era un parásito diminuto, acorazado, brillando bajo el sol regio como si estuviera bañado en aceite de motor. Tenía el tamaño de un frijol, pero sus patas mecánicas y bordes geométricos revelaban que esa aberración no era obra de la naturaleza. Era tecnología viva. Y estaba chillando.
El magnate se quedó pálido, sintiendo que el aire le faltaba.
—¡Guardias, mátenla! —gritó, perdiendo por completo la compostura.
Alma cerró el puño a medias, protegiendo a la criatura.
—Si la pisan, suelta un ácido que despierta a toda la colonia —advirtió la niña, con una calma que helaba la sangre—. Y no quieren que las demás salgan con hambre.
—¿Cuáles… cuáles demás? —tartamudeó Alejandro, viendo cómo su imperio de certezas se derrumbaba.
El insecto metálico lanzó un zumbido agudo, saltó de la mano de la niña al piso de mármol importado y se arrastró a una velocidad de pesadilla hasta meterse por una diminuta grieta en la pared, justo detrás del piano de cola.
Mateo cayó de rodillas, agarrándose el cráneo con desesperación.
—¡Me quema el otro ojo, papá! ¡Hay algo escarbando!
Alma se hincó frente a la grieta del muro y pegó la oreja a la madera fina.
—Ese animal no huyó, señor Garza —susurró la niña, volteando a ver al millonario con ojos llenos de lástima—. Fue a avisarles a los otros que ya encontramos la tumba.
Alejandro sintió que el corazón le martillaba en la garganta.
—¿La tumba de qué?
—De lo que ustedes enterraron el día que a su hijo le apagaron la luz.
Sin dudarlo, Mateo gateó hacia Alma y le ofreció su rostro sudoroso.
—Sácame el otro. Por favor.
Esta vez, Alejandro no se movió. Estaba petrificado. Alma repitió el proceso en el ojo izquierdo. Retiró una segunda criatura, más gorda, más oscura y completamente inerte. Parecía dormida. Pero al momento de sacarla, Alma soltó un grito de dolor, agarrándose su propia cabeza como si recibiera una descarga eléctrica.
—A él no lo querían dejar ciego… —lloró la niña, temblando—. Le estaban pudriendo un recuerdo para que nunca hablara.
Justo en ese milisegundo, del interior del muro de la mansión brotó un sonido repulsivo. Era el crujir de cientos de patas afiladas arañando el concreto desde adentro. El olor a humedad podrida y a cables quemados inundó el patio. Las luces de seguridad parpadearon y estallaron al mismo tiempo. Una sombra antinatural pareció tragarse el sol de Monterrey, y un frío de muerte invadió la casa. Es imposible creer lo que estaba a punto de suceder…