PARTE 2
En cuestión de 3 semanas, la existencia de Valeria dio 1 giro radical. Dejó su cuarto de lámina y cemento para instalarse en 1 lujosa habitación conectada a la de Mateo. Contaba con 1 chofer privado que la llevaba a la clínica a ver a su hermano, ropa nueva y 1 tarjeta sin límite para cualquier necesidad del niño.
Pero dentro de las paredes de la mansión, el ambiente era asfixiante.
Doña Socorro, el ama de llaves, no ocultaba su repudio. Llevaba 15 años manejando la casa con mano de hierro y odiaba que 1 simple barrendera hubiera ganado tanto poder.
—A la mona, aunque se vista de seda, el código postal no se le quita —le escupió Socorro 1 mañana, mientras Valeria preparaba el desayuno—. No te creas la señora de la casa. Aquí eres y serás siempre basura.
Valeria la ignoró por completo. Su único enfoque era Mateo.
Con amor y paciencia extrema, Valeria logró lo que 50 especialistas creían imposible. Mateo dejó de tener terrores nocturnos diarios. Volvió a jugar con sus muñecos. Y 1 tarde de domingo, mientras armaban 1 rompecabezas de 50 piezas, el niño la miró a los ojos y pronunció su primera palabra en 2 años:
—Vale.
Valeria se tapó la boca y lloró de pura felicidad.
Alejandro también sufrió 1 transformación. El implacable líder criminal comenzó a cancelar reuniones y llegar a casa antes de las 6 de la tarde. Se quitaba su chaleco antibalas, se sentaba en la alfombra y observaba maravillado cómo Valeria interactuaba con su hijo.
1 noche de tormenta, Alejandro se acercó a Valeria en la inmensa cocina.
—Le devolviste la vida a mi hijo —le dijo él, con 1 vulnerabilidad que ningún otro hombre en su posición mostraría—. Y a mí, me recordaste lo que es tener paz. No quiero que te vayas jamás, Valeria.
Él acarició la mejilla de la joven. Valeria sintió que el aire le faltaba. Detrás del hombre temido, había descubierto a 1 padre devastado, 1 hombre que vivía rodeado de violencia, pero que en el fondo solo deseaba proteger a su sangre.
Pero la paz en el mundo de la mafia es solo 1 ilusión pasajera.
Al día siguiente, mientras Mateo tomaba 1 siesta, Valeria bajó a buscarle su biberón con agua de horchata. Al acercarse a la cocina sin hacer ruido, presenció 1 escena que le heló la sangre.
Doña Socorro estaba de espaldas, sosteniendo el biberón de Mateo. De su delantal, sacó 1 pequeño frasco de vidrio oscuro y dejó caer exactamente 5 gotas de 1 líquido espeso en la bebida del niño. Acto seguido, agitó el biberón con 1 sonrisa escalofriante.
Valeria retrocedió lentamente y se escondió detrás de 1 pesada puerta de roble. Su mente unió las piezas en 1 segundo.
Los estallidos de furia. La mirada perdida. Las reacciones violentas e incontrolables. Mateo no padecía de ningún trauma psiquiátrico incurable.
Lo estaban envenenando. Lo estaban drogando lentamente.
Valeria no podía simplemente salir a gritarlo. Socorro era intocable, y Valeria era solo 1 empleada. Necesitaba evidencia irrefutable. Aprovechando 1 salida al centro, Valeria compró 1 diminuta cámara de seguridad y la escondió entre los adornos florales de la cocina.