Abrí uno de los paquetes…
Dentro había billetes de quinientos pesos cuidadosamente enrollados.
Por un momento pensé que estaba viendo mal.
Mis manos comenzaron a temblar.
Abrí otro paquete.
También dinero.
Abrí otro.
Y otro.
Cada pequeño envoltorio estaba lleno de billetes perfectamente doblados. Había tantos que los zapatos estaban completamente rellenos.
Me quedé sentado en la silla frente al armario, con la caja sobre las rodillas, tratando de entender lo que estaba pasando.
Conté algunos paquetes.
Diez.
Quince.
Veinte.
Dentro de cada zapato había más.
Cuando terminé de contar, el corazón me latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos.
Había cientos de miles de pesos.
Para alguien como yo, que había trabajado toda la vida con las manos llenas de serrín, aquello era una fortuna.
Me quedé mirando los zapatos durante largo rato.
Entonces comprendí algo.
Sofía sabía perfectamente que la talla no era la mía.
Sabía que yo nunca los usaría.
Y sabía que algún día, cuando los volviera a abrir, encontraría lo que había escondido dentro.
Tomé el teléfono con las manos aún temblorosas.
La llamé.
El teléfono sonó tres veces.