Mi corazón empezó a latir con fuerza.
Porque reconocí a la mujer.
No por haberla conocido.
Por un nombre.
Un nombre que había aparecido en el teléfono de Lily meses atrás, mientras estábamos sentadas a la mesa de la cocina.
Rachel.
La compañera de trabajo.
El romance.
Lily intentó restarle importancia con una risa cuando le pregunté al respecto.
—Solo alguien de la oficina de Jason —dijo rápidamente.
Pero su sonrisa no le llegaba a los ojos.
Más tarde esa noche me devolvió la llamada.
—Em —dijo en voz baja—, ¿alguna vez tienes un presentimiento sobre alguien? ¿Como si tu estómago supiera algo que tu cerebro no quiere admitir?
—Sí —dije—.
Creo que Jason me está mintiendo.
Le pregunté si quería confrontarlo.
Dijo que ya lo había hecho.
«Dice que me lo estoy imaginando».
Eso fue tres meses antes de su muerte.
Ahora, la mujer de aquellos mensajes estaba parada en la puerta del funeral de mi hermana.
Tomando del brazo a Jason.
Como si perteneciera a ese lugar.
El camino hacia el altar
Los susurros se extendieron por la iglesia como la pólvora.
Jason actuó como si no los oyera.
Como si no notara las miradas clavadas en su espalda.
Simplemente guió a Rachel por el pasillo.
Hacia el frente.
Hacia el ataúd de Lily.
Los tacones de Rachel resonaban suavemente contra el suelo de baldosas.
Cada paso se sentía como un martillo golpeando dentro de mi cráneo.
Mis uñas se clavaban en mis palmas.
¿Cómo se atrevía?
¿Cómo se atrevía?
Llegaron a la primera fila.
La fila de Lily.
Jason se sentó.
Y Rachel apoyó la cabeza en su hombro.
Como si fuera la viuda afligida.
Mi visión se nubló de rabia.
Me levanté a medias de mi asiento.
—Voy a sacarla de aquí a rastras —murmuré.
Pero mi padre me agarró la muñeca y me volvió a sentar.