René empezó a balbucear. Que Rubén Salazar había secuestrado a su esposa. Que lo obligaron a entregar los códigos. Que él pensó que solo usarían a la niña para negociar.
“¿Negociar?” preguntó Santiago, con Lucía en brazos. “La dejaron en la basura.”
René cayó de rodillas.
“Somos hermanos, Santiago.”
Santiago cubrió los oídos de Lucía.
“Los hermanos no entregan niñas.”
No hubo gritos. Solo un disparo seco en medio de la lluvia.
Santiago subió a la camioneta con Lucía y metió también a Emiliano.
“Al hospital Ángeles. Ahora.”
En urgencias, los doctores confirmaron que Lucía viviría. Hipotermia, golpes, miedo… pero viva.
Emiliano se quedó junto a la puerta, sucio y temblando.
Santiago se arrodilló frente a él.
“Hoy salvaste a mi hija. Desde hoy, tú no vuelves a dormir en la calle.”
El niño rompió en llanto.
Pero antes de que Santiago pudiera abrazarlo, una enfermera entró empujando un carrito de medicamentos. Emiliano notó sus botas negras, demasiado pesadas para un hospital.
Y también vio el arma escondida bajo la bata.
La mujer no venía a curar a Lucía.
Venía a terminar el trabajo.
Y esa vez, Emiliano no pensaba quedarse callado…
PARTE 3
Emiliano no gritó.
Agarró la lámpara metálica que un guardia había dejado en la silla y se lanzó contra la falsa enfermera. El golpe le dio directo en la rodilla. La mujer cayó, soltando una pistola con silenciador.
Los escoltas entraron en segundos.
Lucía ni siquiera despertó.
Santiago miró al niño con una mezcla de asombro y dolor. Ese pequeño, que no tenía casa ni familia, había defendido a su hija dos veces en una misma noche.
“¿Quién te mandó?” preguntó Santiago a la mujer, mientras sus hombres la sujetaban.
Ella no respondió.
Pero en su celular encontraron un mensaje borrado a medias:
“Si la niña sobrevive, todo se cae. Órdenes de Valverde.”
El nombre congeló a Santiago.
Arturo Valverde no era un narco de esquina. Era empresario, constructor, filántropo en revistas de sociedad y dueño de medio gobierno. Había levantado torres de lujo, centros comerciales y hospitales privados.
También era el hombre que años atrás quiso comprar la clínica de Isabel.
La clínica atendía migrantes, madres solteras, albañiles, gente sin seguro. Isabel se negó a vender. Decía que no iba a echar a la calle a quienes no tenían a dónde ir.
Dos meses después, explotó su camioneta.
Santiago siempre creyó que había sido una venganza contra él.
Esa madrugada entendió la verdad.