Una camioneta embistió el portón. El metal chilló. Los hombres entraron corriendo entre lodo, basura, fierros oxidados y perros ladrando.
Emiliano señaló con la mano temblorosa.
“Por allá. Sección D. Donde están los contenedores azules.”
Santiago lo cargó sobre la espalda para que no pisara los charcos contaminados.
“Guíame.”
Llegaron a una hilera de contenedores industriales. Santiago gritó hasta quedarse sin voz.
“¡Lucía! ¡Lucía, soy papá!”
Silencio.
Luego se escuchó algo.
Un golpe débil.
Toc. Toc. Toc.
Santiago trepó por una escalera oxidada, apuntó con la lámpara y vio un bulto pequeño envuelto en una lona sucia.
Se lanzó adentro sin pensarlo.
Cayó mal, se lastimó el tobillo, pero siguió arrastrándose entre bolsas rotas, vidrio y pedazos de madera. Quitó la lona con las manos desnudas.
Lucía estaba helada.
Tenía los labios morados, una herida en la frente y los ojitos apenas abiertos.
“¿Papi?” susurró.
Santiago la apretó contra su pecho.
“Aquí estoy, mi amor. Ya nadie te va a tocar.”
Cuando sus hombres los sacaron con un cable, todos guardaron silencio. Nadie se atrevía a mirar al Patrón llorando mientras envolvía a su hija con su saco.
Entonces Santiago vio algo en la mano de Lucía.
Un encendedor plateado.
Tenía grabadas unas iniciales.
R.A.
René Aguilar.
Santiago alzó la vista.
René, parado junto a una camioneta, se puso pálido. Su mano se movió hacia la cintura.
“No lo hagas,” dijo Santiago.
Cuatro armas apuntaron contra él.