EL MILLONARIO FINGIÓ SER CIEGO PARA PONER A PRUEBA A SU PROMETIDA… PERO LA ADVERTENCIA -YILUX

Parte 2

Esteban no durmió esa noche.

Se quedó sentado en el sillón de cuero del despacho, con los lentes oscuros puestos, aunque la habitación estaba completamente a oscuras.

Por primera vez desde la operación, agradeció ver no solo la luz, sino también la mentira con todos sus bordes.

Durante meses había temido descubrir que Jimena ya no lo amaba.

Ahora entendía algo peor.

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Tal vez nunca lo había amado.

A las 6 de la mañana, Clara bajó con cuidado por la escalera de servicio, cargando una canasta de ropa pequeña.

No esperaba encontrarlo despierto.

—Señor Esteban —susurró—. ¿Necesita algo?

Él giró apenas el rostro.

Por costumbre, fingió mirar hacia otro lado.

—Clara, acércate.

Ella dejó la canasta sobre una silla.

Tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado sin permitirse hacer ruido.

—¿Los niños están bien?

Clara bajó la voz.

—Tuvieron pesadillas. Tomás despertó pidiendo agua. Nicolás no quiso soltarme la mano.

Esteban cerró los ojos.

Aquello le dolió más que cualquier herida del accidente.

—Gracias por quedarte con ellos.

Clara apretó los dedos contra el delantal.

—No tiene que agradecerme. Ellos son buenos niños.

Hubo un silencio largo.

Esteban sabía que ese era el momento.

Podía seguir fingiendo un día más, esperar al notario, juntar otra prueba, cerrar mejor la trampa.

O podía confiar en Clara.

Confiar de verdad.

—Clara —dijo al fin—, necesito preguntarte algo, y necesito que me contestes sin miedo.

Ella levantó la mirada.

—Sí, señor.

—Si mañana yo no estuviera en esta casa, ¿tú crees que mis hijos estarían seguros con Jimena?

Clara palideció.

Sus labios se abrieron, pero no salió ninguna palabra.

La pregunta era sencilla.

La respuesta podía destruirle la vida.

Porque en una casa como aquella, la verdad no siempre protegía al pobre.

A veces lo expulsaba.

A veces lo dejaba sin trabajo, sin techo, sin nadie que creyera en él.

—Clara —repitió Esteban, más bajo—. No te estoy pidiendo lealtad hacia mí. Te estoy preguntando por Nicolás y Tomás.

Ella tragó saliva.

Luego miró hacia la escalera, como si temiera que las paredes escucharan.

—No —dijo finalmente—. No estarían seguros.

Esteban sintió que algo se rompía y se acomodaba al mismo tiempo.

—¿Por qué?

Clara tardó unos segundos.

—Porque ella no los quiere. No como niños. Los mira como obstáculos.

Esteban bajó la cabeza.

Había esperado esa frase.

Pero oírla en voz alta la volvió real.

—¿Ha pasado algo más que yo no sepa?

Clara apretó el borde de su delantal.

—Muchas cosas pequeñas, señor. Cosas que, si una las dice, parecen exageración.

—Dímelas.

Ella respiró hondo.

—Les cambia la comida cuando usted no está. Les quita los juguetes que les ayudan a dormir.

Esteban no se movió.

—Sigue.

—Les dice que si lloran, usted se va a cansar de ellos. Que por su culpa su mamá ya no está.

El bastón cayó al piso.

El sonido fue seco.

Clara se sobresaltó.

Esteban no fingió buscarlo.

Solo se quedó quieto, con las manos temblando sobre las rodillas.

—¿Eso les dijo?