Señor, escúcheme, rogó Lucía llorando. Ella llevaba 3 días sin probar su puré. Se estaba dejando morir de tristeza. Los médicos solo la sedan, pero ella no necesita pastillas. Ella tenía hambre de un recuerdo. Hoy me llamó Mariana. Me pidió que no la dejara sola.
Escuchar el nombre de Mariana fue una puñalada en el pecho de Rodrigo. Mariana, su hermana menor, había fallecido en un accidente 22 años atrás. El protocolo médico exigía corregir a Inés de inmediato, obligarla a aceptar que su hija estaba muerta, sin importar cuánto llorara.
¡Mi hermana está muerta!, gritó Rodrigo golpeando la mesa. Seguirle el juego es negligencia pura. Estás despedida. Tienes 5 minutos para largarte antes de que llame a la policía y te hunda en la cárcel por intento de homicidio.
Lucía cayó de rodillas sobre los charcos de atole. Señor, se lo ruego. Despídame, pero no me demande. Tengo 2 hermanitos que comen de mi sueldo. Solo quería darle amor…
Pero el ruego fue interrumpido por un sonido desgarrador. Las ruedas de la silla se arrastraron bruscamente. Doña Inés, la mujer diagnosticada con atrofia muscular severa, se estaba aferrando a la mesa. Con un gemido de dolor, ignorando el crujido de sus articulaciones, se puso de pie.
Mamá, ¿qué haces?, balbuceó Rodrigo, perdiendo su postura de verdugo. Te vas a caer…
¡No me toques!, gritó Inés con la voz firme de la matriarca que alguna vez fue. Sorteando los vidrios, se plantó frente a su hijo millonario, cubriendo a Lucía como un escudo humano. No le vas a gritar. En esta casa no se le grita a la gente buena.
Mamá, esta mujer te está envenenando, intentó justificarse Rodrigo. Te estoy protegiendo.
Mentira, lo cortó Inés, apuntándole al pecho con un dedo tembloroso. Tú no me proteges, tú me tienes encerrada. A veces sé que eres mi hijo, pero otras veces solo veo a un hombre cruel que viste de negro y me obliga a tragar pastillas. Ella, señaló a Lucía, es la única que me mira a los ojos. Me trajo el sabor de mi pueblo. Me hizo feliz. Y tú entras a destruirla.
Inés respiró con dificultad y sentenció: Si la echas a la calle, ábreme la puerta a mí también. Prefiero morirme de hambre en la banqueta que vivir 100 años en esta prisión de cristal contigo.
El cuerpo de Inés no resistió más. Se desplomó bruscamente. Lucía se lanzó al suelo y amortiguó la caída, abrazando a la anciana inconsciente. Rodrigo, humillado y cegado por el dolor de ser rechazado, se transformó en un monstruo. Empujó a Lucía con violencia, arrebatándole a su madre.
¡Largo de mi casa!, rugió, cargando a Inés. No te pagaré ni 1 peso. Lárgate antes de que te saque a rastras.