El vuelo a Monterrey sale en 3 horas. No quiero un solo error. Rodrigo Valdés abotonó su saco de diseñador frente al inmenso espejo del vestíbulo. Al dar la orden, ni siquiera volteó a ver a su madre. Tampoco miró a Lucía, la joven empleada con uniforme azul impecable, que permanecía de pie, cabizbaja, a unos pasos de la silla de ruedas.
La mansión, ubicada en la exclusiva zona de Puerta de Hierro en Zapopan, era un monumento al éxito implacable de Rodrigo. Muros blancos, ventanales de cristal blindado y un silencio sepulcral. Era una fortaleza estéril diseñada para controlarlo todo, en especial la enfermedad que devoraba la memoria de doña Inés. A sus 78 años, Inés pasaba los días sentada en la sala, con la mirada perdida. Rodrigo pagaba una fortuna semanal a 3 especialistas privados para que su madre viviera exactamente así: limpia, medicada, callada y sin riesgos.
El doctor Vargas vendrá a las 5 de la tarde. Continuó Rodrigo, ajustando su reloj suizo. La dieta está en la pizarra. Puré de chayote sin sal a la 1, suplemento a las 4. Si se agita, le das la pastilla azul. Si no se calma, llamas a urgencias. ¿Entendido?
Sí, señor Valdés, respondió Lucía en un susurro.
Rodrigo no confiaba en ella. Lucía, una joven originaria de Tonalá, llevaba apenas 1 mes cubriendo turnos extras tras la renuncia de 3 enfermeras que no soportaron la hostilidad de la anciana. Rodrigo detestaba la actitud de la nueva empleada; era demasiado cálida, demasiado cercana. En esa jaula de cristal no había motivos para sonreír.
Me voy. Regreso el viernes. Rodrigo cerró la puerta de roble con un golpe seco. Afuera, su chofer lo esperaba en la camioneta blindada.
Al aeropuerto, patrón, preguntó el conductor.
No. Da la vuelta, estaciónate en el callejón trasero y apaga el motor. El chofer asintió. En el asiento trasero, Rodrigo sacó su teléfono. Pantalla en negro. Él mismo había desactivado las 12 cámaras de seguridad. Quería atrapar a Lucía rompiendo las reglas médicas, quería que se sintiera impune para poder despedirla y demandarla.
Pasaron 60 minutos. A la 1 de la tarde, hora exacta del puré insípido, Rodrigo bajó sigilosamente. Abrió la puerta de servicio con su llave maestra. Avanzó por el pasillo oscuro, listo para despedir a la empleada, pero un olor denso lo detuvo en seco. Su casa ya no olía a desinfectante. Olía a masa de maíz, a manteca, a canela. Olía a tamales y atole caliente. Veneno puro para el frágil corazón de su madre.
La sangre le hirvió. Avanzó hacia el comedor dispuesto a destruirla, pero una carcajada sonora lo congeló. Era una risa que no escuchaba desde hacía 5 años. Se asomó por el marco de la puerta y quedó paralizado. Doña Inés no estaba encorvada ni sedada. Estaba erguida, con los ojos llenos de luz, devorando un tamal de elote con una felicidad que le borraba 10 años del rostro. Lucía, a su lado, le limpiaba la comisura de los labios con infinita ternura. El empresario soltó su maletín. El golpe resonó en el mármol, rompiendo la magia. Nadie podía imaginar la tragedia que estaba a punto de desatarse en esa casa…
PARTE 2
El estruendo del maletín contra el suelo de mármol destrozó la cálida atmósfera del comedor como un martillazo sobre un cristal. Lucía, repentinamente pálida, se puso de pie de un salto. Sus manos temblaron con tanta violencia que tiró su taza de barro, derramando el atole sobre la inmaculada madera. Doña Inés soltó un grito ahogado. La tensión eléctrica y el rostro desencajado de su hijo actuaron como un veneno fulminante en su cerebro. La niebla del Alzheimer, que se había disipado milagrosamente, cayó sobre ella con una fuerza brutal. Sus ojos comenzaron a moverse con terror, buscando refugio.
¿Qué demonios significa esto?, rugió Rodrigo, avanzando como una tormenta. Su voz autoritaria hizo temblar los ventanales.
Lucía retrocedió pisando los restos de barro roto. Señor Valdés, yo puedo explicarlo… tartamudeó con lágrimas en los ojos.
¡Cállate!, la interrumpió él, acorralándola. ¿Eres estúpida? ¿Qué hace esta basura en la mesa de mi madre? El exceso de grasas y azúcares le puede provocar un infarto hoy mismo. ¡La estás matando!