Afuera, una tormenta eléctrica azotaba Guadalajara. Lucía salió por el callejón de servicio sin sueldo, sin abrigo y con el alma rota, caminando bajo la lluvia helada, aterrorizada por el destino de sus hermanos.
A la mañana siguiente, el cielo seguía gris. En la habitación clínica, el doctor Vargas preparaba una jeringa con 5 miligramos de sedante fuerte. Inés estaba atada a la cama, gritando de terror, exigiendo ver a Mariana, exigiendo a la chica del uniforme azul.
La alteración es severa, señor Valdés. Estará sedada las próximas 14 horas, dijo el doctor fríamente.
Rodrigo vio las manos rudas de los enfermeros sujetando a su madre. Vio el terror en sus ojos. De pronto, la imagen de Lucía limpiándole los labios con ternura golpeó su mente. El doctor acercó la aguja.
¡Suéltela!, gruñó Rodrigo, agarrando la muñeca del médico con tanta fuerza que le hizo tirar la jeringa. ¡Lárguense todos de mi casa! Están despedidos.
El equipo médico huyó despavorido. Rodrigo cayó de rodillas junto a la cama. Su madre temblaba, rehuyendo su tacto. Él la había destruido. Él había echado a la calle al único milagro que había pisado esa casa. Desesperado, corrió al cuarto de servicio en busca de alguna dirección. En la austera habitación no había nada, solo un colchón hundido. Pero entre la pared y la cama, encontró un cuaderno azul, barato y gastado.
En la portada decía: “Cosas que hacen sonreír a mi señora Inés”.
Rodrigo abrió la primera página con manos temblorosas. Hoy el doctor Vargas le gritó. Inés no es agresiva, tiene terror. Le preparé un té a escondidas y me regaló una sonrisa. No necesita sedantes, necesita humanidad.
Las lágrimas comenzaron a nublar la vista del millonario. Pasó a la última entrada, escrita un día antes. Los médicos la obligan a comer puré verde. Ese color es el mismo de la sala de urgencias donde murió su hija hace 22 años. La están torturando. Hoy voy a traerle tamales de elote. Sé que el señor Valdés me puede despedir. Es un hombre de hielo, un millonario sin alma. Si pierdo el trabajo, mis hermanitos y yo nos quedamos en la calle. Pero prefiero enfrentar la furia de ese hombre que dejar a doña Inés en este infierno. Hoy mi señora va a sonreír.
Rodrigo se derrumbó en el suelo polvoriento. Lloró con aullidos sordos, apretando el cuaderno contra su pecho. Lucía lo había arriesgado absolutamente todo por amor, y él le había pagado arrojándola a la miseria. Su imperio, sus millones y su arrogancia no valían nada frente a la bondad de esa joven.