El anciano estaba sentado en la banqueta, junto a la coladera, con un sombrero viejo cubriéndole la mitad del rostro y un sarape roto sobre los hombros. El sol de la tarde caía pesado sobre las calles elegantes de Lomas de Chapultepec, donde las casas parecían palacios escondidos detrás de muros altos, cámaras de seguridad y jardines que olían a bugambilias recién regadas.
Aquel hombre parecía invisible para todos. Los autos pasaban frente a él como si fuera una piedra más del camino. Algunos conductores bajaban la velocidad para entrar al fraccionamiento, otros lo miraban con desconfianza, y unos cuantos simplemente desviaban la vista, como si la pobreza fuera una mancha que pudiera contagiarse con solo verla.
Entonces apareció la camioneta blanca de lujo.
Era una Range Rover nueva, brillante, de esas que reflejan el cielo en el cofre. El vidrio del copiloto bajó lentamente y una joven de vestido crema, lentes oscuros y aretes de diamantes se asomó con gesto de fastidio. Se llamaba Valentina Ríos, y en tres semanas iba a casarse con Alejandro Montiel, heredero de uno de los grupos empresariales más poderosos de México.
El anciano levantó una mano temblorosa.
—Señorita, ¿no tendrá una moneda? No he comido desde ayer.
Valentina lo miró de arriba abajo. Su nariz se arrugó como si el aire se hubiera vuelto insoportable.
—Quítese de mi coche, viejo mugroso —dijo con una sonrisa cruel—. Me va a ensuciar la pintura.
Sus amigas, sentadas atrás, soltaron una carcajada.
Valentina tomó una botella de agua medio vacía y se la lanzó al rostro. La botella golpeó la mejilla del anciano y cayó rodando hacia la coladera. El agua le escurrió por la barba canosa, mojándole el sarape y la camisa rota.
—Qué asco —dijo una de las amigas.