Ricardo miró al bebé en sus brazos, luego su ropa gastada, los zapatos vencidos, el bolso de lona, las manos enrojecidas por el frío.
—No todas.
Ella no respondió.
Joaquín regresó con una manta gruesa. Ricardo se la puso a Mateo con cuidado, pero el niño seguía mirando de reojo a la mujer, no a él.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Ricardo.
—Esperanza.
El nombre le pareció brutalmente exacto.
Ricardo señaló un café todavía abierto en la esquina, al otro lado de la calle.
—Por favor. Déjeme invitarlos a algo caliente. Usted y su bebé también están empapados.
Esperanza vaciló. Era evidente que no confiaba en él. Y Ricardo no podía culparla.
—No hace falta —dijo ella.
En ese momento, Mateo tiró suavemente de la manga prestada.
—¿Puedes venir? —le preguntó a Esperanza, con una voz tan pequeña que a Ricardo casi le dolió oírla—. Por favor.
Ella bajó los ojos hacia él.
—Solo un rato, mientras te secas.
En el café olía a pan recién calentado y chocolate. Las ventanas se empañaban por la diferencia de temperatura con la calle. Ricardo pidió una mesa apartada. Mateo se sentó junto a Esperanza, no junto a él. El bebé, Santiago, empezó a llorar con hambre, y Esperanza lo acomodó con destreza mientras intentaba, al mismo tiempo, secarle mejor el cabello a Mateo con servilletas.
Ricardo observó sus movimientos con asombro silencioso.
Todo en ella hablaba de cansancio. Pero nada en ella sonaba a amargura.
Pidió chocolate caliente para Mateo, una sopa para Esperanza, leche tibia y pan, y comida para llevar. Ella intentó protestar.
—De verdad no tiene por qué hacer todo esto.
—Sí tengo —dijo Ricardo—. Usted hizo más por mi hijo en veinte minutos que yo en mucho tiempo.
Esperanza levantó la vista. Aquello, pensó él, quizá era lo primero honesto que había dicho en semanas.
Mateo sostuvo la taza entre las manos. Ya no temblaba tanto.
—Papá —dijo sin mirar a nadie—, no quería volver a casa.
Ricardo sintió que el mundo se detenía un instante.
—¿Por qué?
Mateo tragó saliva.
—Porque en la casa nadie habla. Todo el mundo me dice qué hacer, qué comer, a qué hora bañarme, a qué hora dormir. Pero nadie se queda. Nadie me pregunta si estoy triste. Nadie se da cuenta cuando me da miedo.
Ricardo no respondió. No podía.
Esperanza no intervino de inmediato. Dejó que el silencio hiciera su trabajo. Luego le pasó a Mateo una servilleta limpia.
—A veces los grandes creen que dar cosas es lo mismo que cuidar —dijo con suavidad—. Pero no es lo mismo.
Ricardo apretó la mandíbula. No se sintió humillado por la frase. Se sintió desenmascarado.
Después de unos segundos preguntó:
—¿Y tú, Esperanza? ¿Vives cerca?
Ella dudó antes de responder.
—En San Cristóbal. Arriendo una pieza.
—¿Con el bebé?
—Sí.
—¿Y trabajas?
Esperanza acarició la espalda de Santiago.
—Vendo empanadas, avena, café. Lo que salga. Antes ayudaba en una cafetería, pero cuando nació mi hijo ya no me quisieron.
—¿El papá del bebé…?
—No está.
No añadió más, y Ricardo comprendió que no tenía derecho a seguir preguntando.
Mateo, ya más calmado, miraba a Santiago con curiosidad.
—Es pequeño.
—Tiene seis meses —dijo Esperanza—. Se llama Santiago.
—Yo tengo doce —respondió Mateo, como si aquello fuera importante.
—Entonces ya eres grande para ayudar a cuidar —contestó ella, y por primera vez él sonrió de verdad.