Ricardo siguió la dirección de su mirada.
Esperanza estaba de pie junto a la estufa, con una cuchara de madera en la mano, riéndose porque Santiago se había robado una servilleta y corría por el pasillo. Era una escena sencilla, casi humilde, y sin embargo contenía más verdad que todas las salas de juntas donde Ricardo había pasado media vida.
Se acercó, abrazó a Esperanza por la espalda y besó la cabeza de Santiago cuando el niño pasó corriendo. Mateo abrió el horno, dejó salir el vapor y sonrió.
Afuera llovía.
Pero adentro, por fin, nadie estaba solo.