PARTE 2

Durante veinte años, ese nombre había sido un fantasma en la casa. Isabel Moretti, la mujer que había cuidado a Matteo cuando era niño. La única persona que lo abrazaba cuando su padre llegaba borracho y su madre lloraba en silencio. La única que una noche desapareció sin despedirse, acusada de haber robado documentos de la familia. Su padre le había dicho que Isabel era una traidora. Su madre nunca volvió a pronunciar su nombre.

Meses después, su madre murió en un accidente. Y Matteo aprendió que en su mundo las preguntas eran peligrosas.

—Tu madre trabajó aquí —susurró Matteo.

Elena abrió los ojos, sorprendida.

—Sí. Pero me dijeron que no debía mencionarlo. Me dijeron que si usted sabía quién era yo, me echaría.

—¿Quién te lo dijo?

Elena miró hacia Valeria.

El rostro perfecto de la heredera se tensó apenas, pero Matteo lo notó. Había visto mentir a políticos, jueces y asesinos. Valeria no era tan buena como creía.

—Esto es ridículo —dijo ella—. Una criada manipuladora se quema sola y ahora inventa dramas familiares.

Matteo giró hacia ella.

—¿Tú sabías quién era?

—No tengo idea de lo que hablas.

Él bajó la mirada hacia su mano. El anillo de los Santoro brillaba bajo la lámpara. De pronto recordó algo que su madre le había dicho cuando tenía diez años, una noche de tormenta mientras le acariciaba el cabello.

“Si alguna vez dudas de lo que te cuentan, quítate el anillo de tu padre. La verdad de esta casa nunca estuvo en las paredes, Matteo. Está debajo.”

Durante años creyó que era una frase de una mujer cansada, atrapada en un matrimonio oscuro. Pero esa tarde, frente a una criada herida, con la hija de Isabel llevando el símbolo de su familia, esas palabras regresaron con una claridad brutal.

Matteo deslizó el anillo fuera de su dedo.

Todos se quedaron inmóviles.

Valeria abrió la boca.

—Matteo, ¿qué estás haciendo?

Él no respondió. Observó el interior del anillo por primera vez en años. Allí, casi invisible, había una inscripción que nunca se había detenido a leer con atención. No era el lema familiar, como siempre creyó. Era una coordenada escrita en números diminutos y una palabra grabada a mano:

“Roble.”

Matteo sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

En el jardín trasero de la mansión había un roble enorme, plantado por su abuelo. Bajo ese árbol había jugado de niño. Bajo ese árbol su madre solía sentarse con Isabel en las tardes de verano. Y bajo ese árbol, según la frase olvidada de su madre, podía estar enterrada la verdad.

—Marco —llamó Matteo.

Su jefe de seguridad apareció en la puerta.

—Sí, señor.

—Cierra la propiedad. Nadie entra. Nadie sale.

Valeria se levantó de golpe.

—¡No puedes hablar en serio!

Matteo la miró como si acabara de verla por primera vez.

—Tú especialmente no sales.

El jardín estaba cubierto por una niebla ligera cuando Matteo llegó al roble con tres hombres de confianza, Elena y Rosa. Valeria fue obligada a acompañarlos, aunque cada paso suyo parecía contener una explosión de rabia. La joven criada tenía las manos vendadas, pero se negó a quedarse dentro.

—Mi madre murió sin que nadie la escuchara —dijo con voz temblorosa—. Si hay algo ahí, quiero verlo.

Matteo asintió.

Comenzaron a cavar junto a las raíces. La tierra estaba húmeda. Durante los primeros minutos no apareció nada. Valeria sonrió, recuperando poco a poco su arrogancia.