Frente a una inminente orden de desalojo y el peso de un reciente divorcio, me encontraba en un punto de quiebre desesperado. Sin nada más que un teléfono roto y unas pocas bolsas de ropa, me aferré al único objeto de valor que me quedaba: un collar antiguo que me había dejado mi abuela Ellen. Era una pieza pesada y hermosa, que había guardado como un tesoro durante dos décadas, pero la necesidad de pagar el alquiler terminó pesando más que cualquier vínculo emocional.
Entré en una casa de empeños del centro, dispuesta a desprenderme de mi última reliquia familiar. Sin embargo, en el instante en que coloqué el collar sobre el mostrador, el empleado mayor palideció y llamó de inmediato a su jefa. Para mi absoluto asombro, apareció una mujer llamada Desiree: era la mejor amiga de mi abuela, a quien no veía desde hacía años. Me abrazó entre lágrimas y me confesó que llevaba veinte años buscándome a mí y a ese collar en particular.
