PARTE 1
“Si ese señor no consume, sáquenlo… huele a calle”, dijo la gerente, y todos en la cafetería fingieron no haber escuchado.
La lluvia caía con furia sobre la colonia Roma, en la Ciudad de México. Los coches salpicaban agua negra junto a la banqueta, la gente corría con chamarras sobre la cabeza y dentro del café todos abrazaban sus vasos calientes como si mirar a otro lado fuera una forma de ser decente.
En una mesa del fondo, un hombre mayor intentaba cargar un celular viejo. Tenía el saco empapado, los zapatos llenos de lodo y las manos temblando tanto que el cable se le resbalaba una y otra vez.
“Por favor… sólo necesito una llamada”, murmuraba.
La gerente, Verónica Salcedo, lo miraba con asco.
“Ya le dije, señor. Esto no es refugio.”
Mariana Ríos estaba en la fila, con el cabello mojado pegado al rostro y la cabeza llena de problemas. Su mamá tenía programada una cirugía de columna en tres semanas, pero el hospital privado acababa de enviarle otro aviso: sin actualización del seguro, no habría ingreso.
Mariana trabajaba en DataNova MX, una empresa de análisis logístico en Polanco. Era analista junior, aunque hacía el trabajo de tres personas. Su jefa, Verónica, le había prometido que si el consejo aprobaba su proyecto Aurora, Mariana recibiría un ascenso y mejores prestaciones.
Cuando vio al anciano forzar el cable en el puerto del teléfono, no pudo seguir callada.
“Lo va a romper más”, dijo.
Verónica volteó.
“¿Perdón?”
Mariana se acercó al hombre y bajó la voz.
“Señor, ¿me permite revisar su celular? Trabajo con sistemas y hardware. No se lo voy a quitar.”
Él la miró como si ya nadie le hubiera hablado con respeto en años.
“Todo está ahí”, dijo. “Todo lo que me queda.”
“Entonces lo revisamos con cuidado.”
Mariana sacó de su bolsa un estuche pequeño: pinzas, cepillo antiestático, lámpara, alcohol y una batería portátil. Verónica soltó una risa burlona.
“Claro, ahora también reparamos basura en la mesa.”
Mariana ni siquiera la miró.
“Y tráigale un café y una torta. Yo pago.”
El anciano la observó en silencio mientras ella retiraba lodo seco del puerto de carga. Al conectar el cable, la pantalla parpadeó. Apareció el ícono de batería.
Él se cubrió la boca con la mano.
“Usted no sabe lo que acaba de hacer.”
“Le limpié el puerto.”
“No”, respondió él. “Me devolvió una conexión.”
Su celular encendió. El hombre marcó de inmediato.
“Nora, soy yo. Detén la votación. Todavía tengo la llave.”
Mariana sintió un escalofrío, pero ya iba tarde. Corrió a DataNova con el USB donde llevaba tres meses de trabajo.
Al llegar, Verónica la encerró en su oficina.
“Dame el archivo.”
Mariana se lo entregó. Verónica abrió Aurora, vio los gráficos, las proyecciones y el plan para salvar empleos recortando primero gastos ejecutivos, proveedores duplicados y privilegios innecesarios.
Luego borró el nombre de Mariana del documento.
“¿Qué haces?”, preguntó Mariana.
“Lo presento mañana.”
“Pero es mi trabajo.”
Verónica sonrió.
“Era tu trabajo. Ahora es estrategia directiva.”
Mariana sintió que se le hundía el pecho.
“Me prometiste crédito. Mi mamá necesita la cirugía.”
“Todos necesitamos algo”, dijo Verónica. “Si hablas, te despido. Y después me aseguro de que nadie en este sector vuelva a contratarte.”
Mariana salió de la oficina con las manos frías.
Esa noche, mientras escribía su renuncia, sonó su teléfono. Número desconocido.
“Mariana”, dijo la voz ronca del anciano. “No renuncies todavía.”
Y entonces le dijo algo que la dejó helada:
“Mañana ve a trabajar. Lo que robó Verónica no va a quedarse enterrado.”