…el retrato de una niña. Elena se quedó paralizada.

El tatuaje estaba hecho con tinta oscura y detalles finos, como si alguien hubiera querido capturar un recuerdo demasiado importante para olvidarlo.

La niña del tatuaje tenía el cabello trenzado.

Y llevaba un pequeño vestido con bordados.

Un **huipil amarillo**.

El mismo que Sofía llevaba el día que desapareció.

El corazón de Elena comenzó a golpearle el pecho con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.

El joven que llevaba el tatuaje estaba pagando en la caja.

Alto.

De unos veinticinco años.

Cabello oscuro.

Rostro serio.

Elena no podía apartar la mirada de su brazo.

Las manos le temblaban.

—¿Señora? —dijo uno de los chicos—. ¿Cuánto es?

Elena apenas escuchó.

Sus ojos seguían clavados en el tatuaje.

La cara de la niña estaba hecha con tanto detalle que parecía una fotografía.

Era **Sofía**.

No había duda.

El joven notó su mirada.

Miró su brazo.

Luego volvió a mirar a Elena.

—¿Pasa algo?

Elena se acercó lentamente.

—Ese tatuaje… —susurró—. ¿Dónde lo hiciste?

El joven frunció el ceño.

—En Guadalajara.

—¿Por qué?

Elena tragó saliva.

—Porque… esa niña…

Su voz se quebró.

—Es mi hija.

El silencio cayó en la pequeña panadería.

Los amigos del joven se miraron entre sí.

Uno soltó una pequeña risa nerviosa.

—Señora… eso es imposible.

Pero el joven no se rió.

Miró otra vez el tatuaje.

Luego volvió a mirar a Elena.

—¿Cómo se llama su hija?

Elena sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.

—Sofía.

El joven se quedó inmóvil.

—¿Sofía… qué?

—Sofía Morales.

La panadería quedó completamente en silencio.

El joven dejó la botella de agua sobre el mostrador.

Su rostro cambió.

Algo en su mirada se volvió oscuro.

—¿Cuántos años tendría ahora?

—Dieciocho —susurró Elena.

El joven respiró profundamente.

—¿Desapareció… en Puerto Vallarta?

Las piernas de Elena temblaron.

—Sí.

—Hace ocho años.

Los amigos del joven ya no se reían.

Uno de ellos murmuró:

—Mateo…

Mateo levantó lentamente la manga de su camiseta.

El tatuaje quedó completamente visible.

—Este tatuaje… —dijo con voz baja—. Me lo hice hace tres años.

Elena no podía respirar.

—¿Por qué?

Mateo miró el suelo.

—Porque fue la última persona que vi antes de que mi vida cambiara.

Elena sintió que el mundo giraba.